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Un año que vivimos peligrosamente

POR FRANCIS FUKUYAMA CATEDRÁTICO DE ECONOMÍA POLÍTICA EN LA JOHN HOPKINS UNIVERSITY ...

El verdadero reto para la democracia radica en Europa, donde el problema es interno, y consiste en integrar a elevados números de jóvenes musulmanes airados, y hacerlo de manera que no provoque una reacción aún más airada por parte de los populistas de extrema derecha...

HACE un año, el director de cine holandés Theo van Gogh fue asesinado de un corte ritual en el cuello por Mohamed Buyeri, un musulmán nacido en Holanda que hablaba holandés perfectamente. Este hecho ha transformado completamente la política holandesa, y ha hecho que se refuercen los controles policiales que ya han interrumpido prácticamente la inmigración a ese país. Junto con los atentados del 7 de julio en Londres (también perpetrados por musulmanes de segunda generación que eran ciudadanos británicos), este hecho también debería cambiar drásticamente nuestra visión de la naturaleza de la amenaza del islamismo radical. Hemos tendido a ver el terrorismo yihadista como algo que aparece en partes disfuncionales del mundo, como Afganistán, Pakistán u Oriente Próximo, y que luego se exporta a Occidente. Para protegernos debemos o construir muros para aislarnos, o, según la administración Bush, ir «hasta allí» e intentar resolver el problema de raíz promoviendo la democracia. Sin embargo, hay buenas razones para pensar que una fuente fundamental del islamismo radical contemporáneo está, no en Oriente Próximo, sino en Europa Occidental. Además del caso de Buyeri y de los terroristas suicidas de Londres, los terroristas del 11-M en Madrid y los cabecillas de los atentados del 11-S, como Mohamed Atta, fueron adoctrinados en Europa.

En Holanda, donde más del 6 por ciento de la población es musulmana, hay mucho radicalismo a pesar de que es un país moderno y democrático. Y la opción de aislar al país de este problema mediante un muro no existe. Cuando vemos la ideología islamista contemporánea como una afirmación de la cultura o los valores musulmanes tradicionales la estamos malinterpretando profundamente. En un país musulmán tradicional, la identidad religiosa no es una cuestión opcional; se recibe, junto con el estatus, las costumbres y los hábitos, incluso la futura pareja en matrimonio, del entorno social. En una sociedad así no hay confusión acerca de quién es uno, puesto que su identidad le es dada y confirmada por todas las instituciones sociales, desde la familia hasta la mezquita, pasando por el Estado. No puede decirse lo mismo de un musulmán que vive como inmigrante en un suburbio de Ámsterdam o de París. De repente, la identidad está a disposición de uno; se tiene, al parecer, una capacidad de elección infinita a la hora de decidir hasta qué punto se quiere uno integrar en la sociedad no musulmana que le rodea.

En su libro «Globalized Islam» (El Islam Globalizado) (2004), el académico francés Olivier Roy sostiene de manera convincente que el radicalismo es precisamente el producto de la «desterritorialización» del Islam, que despoja a la identidad musulmana de todos los apoyos sociales que recibe en una sociedad musulmana tradicional. El problema de identidad es particularmente severo para los hijos de los inmigrantes de segunda o tercera generación. Se crían fuera de la cultura tradicional de sus padres, pero a diferencia de la mayoría de los recién llegados a Estados Unidos, pocos se sienten verdaderamente aceptados por la sociedad que les rodea.

Los europeos contemporáneos otorgan poca importancia a la identidad nacional en favor de una europeidad abierta, tolerante, «pos nacional». Pero los holandeses, alemanes, franceses y demás, retienen un fuerte sentido de su identidad nacional y, en grados diferentes, se trata de una identidad que no resulta accesible para la gente que llega de Turquía, Marruecos o Pakistán. La integración está aún más dificultada por el hecho de que las rígidas leyes laborales europeas han hecho que para los inmigrantes recientes o para sus hijos no sea sencillo encontrar empleos poco cualificados. Una proporción significativa de los inmigrantes vive gracias a subsidios, lo que significa que no tienen la dignidad de contribuir con su trabajo a la sociedad que les rodea. Ellos y sus hijos se ven a sí mismos como extraños.

En este contexto aparece alguien como Osama bin Laden, que ofrece a los jóvenes conversos una versión universalista y pura del Islam que ha sido despojada de sus santos, costumbres y tradiciones locales. El islamismo radical les dice exactamente quiénes son: miembros respetados de una umma musulmana global a la que pueden pertenecer a pesar de que vivan en territorios infieles. La religión ya no se ve apoyada, como en una verdadera sociedad musulmana, por la conformidad con una serie de costumbres y observancias sociales externas, sino que es más bien cuestión de creencia interior. De ahí la comparación que hace Roy del islamismo moderno con la Reforma Protestante, que, de forma similar, hizo que la religión se centrara en sí misma y la despojó de rituales externos y apoyos sociales.

Si esto resulta ser en efecto una descripción acertada de una importante fuente del radicalismo, pueden derivarse de ella varias conclusiones. En primer lugar, el reto que representa el islamismo no es extraño ni desconocido. La transición rápida hacia la modernidad siempre ha provocado una radicalización; hemos visto formas exactamente iguales de alienación entre los jóvenes que en generaciones anteriores se convertían en anarquistas, bolcheviques, fascistas o miembros de la Bader-Meinhof. La ideología cambia, pero la psicología subyacente es la misma. Además, el islamismo radical es tanto un producto de la modernización y de la globalización como un fenómeno religioso; no sería ni mucho menos tan intenso si los musulmanes no pudieran viajar, navegar por Internet, o desconectarse de cualquier otra manera de su propia cultura. Esto significa que «arreglar» Oriente Próximo llevando la modernidad y la democracia a países como Egipto y Arabia Saudí no solucionará el problema del terrorismo, sino que podría empeorarlo a corto plazo. La democracia y la modernización del mundo musulmán son deseables en sí mismos, pero seguiremos teniendo un gran problema de terrorismo en Europa al margen de lo que allí suceda.

El verdadero reto para la democracia radica en Europa, donde el problema es interno, y consiste en integrar a elevados números de jóvenes musulmanes airados, y hacerlo de manera que no provoque una reacción aún más airada por parte de los populistas de extrema derecha. Hace falta que ocurran dos cosas: en primer lugar, países como Holanda y Reino Unido deben dar marcha atrás en sus contraproducentes políticas multiculturales que han protegido al radicalismo, y tomar medidas enérgicas contra los extremistas. Pero en segundo lugar, también deben reformular sus definiciones de la identidad nacional para aceptar mejor a las personas que vienen de un entorno no occidental. Lo primero ya ha empezado a ocurrir. Holandeses y británicos han llegado al reconocimiento tardío de que la versión del multiculturalismo que solían practicar era peligrosa y contraproducente. La tolerancia liberal era interpretada como un respeto no por los derechos de los individuos sino de los grupos, algunos de los cuales eran intolerantes. Por un equivocado sentido del respeto hacia otras culturas, se dejaba que las minorías musulmanas regularan su propio comportamiento. En Holanda, donde el Estado apoya colegios separados católicos, protestantes y socialistas, fue fácil crear un «pilar» musulmán que pronto se convirtió en un gueto desconectado de la sociedad circundante.

Desde el asesinato de Van Gogh, los holandeses se han embarcado en un debate vigoroso y a menudo impolítico sobre lo que significa ser holandés, en el que algunos exigen a los inmigrantes no sólo la capacidad de hablar holandés, sino también un conocimiento detallado de la historia y la cultura holandesas que ni siquiera muchos holandeses poseen. Pero la identidad nacional ha de ser una fuente de inclusión, no de exclusión; y tampoco puede basarse, a diferencia de lo que afirmaba Pym Fortuyn, asesinado en 2003, en una tolerancia infinita y la ausencia de valores. Los holandeses al menos han roto la asfixiante barrera de la corrección política que ha impedido a la mayoría de los demás países europeos iniciar siquiera el debate acerca de los temas interconectados de la identidad, la cultura y la inmigración. Pero acertar con el problema de la identidad nacional es tarea delicada y escurridiza. Muchos europeos afirman que el crisol estadounidense no puede transportarse a suelo europeo. En Europa, la identidad sigue enraizada en la sangre, la tierra y en antiguos recuerdos compartidos. Esto puede ser cierto, pero, si lo es, la democracia en Europa tendrá serios problemas a medida que los musulmanes se conviertan en un porcentaje aún mayor de la población.

THE WALL STREET JOURNAL © 2005 Dow Jones & Company, inc.

«Langue de bois» POR ÁLVARO DELGADO-GAL ESCRITOR Y PERIODISTA

... Se añadirá que la democracia, bien entendida, no guarda una relación inteligible con las expectativas vitales de millones de votantes. Cuando los problemas estallan, nos volvemos de madera. Estupenda manera de contener un incendio...

LOS grandes sucesos franceses, la manifestación gigante contra la LOE, las encuestas respondonas y las cuitas de Montilla han teñido de un sepia casi retro la sesión parlamentaria del 2 de noviembre. No conviene, sin embargo, perderla de vista, porque ella o sus efectos nos saldrán de nuevo al camino de aquí a pocos días. Intentaré, por tanto, un ejercicio de recordación... en clave poética. Entiendo por «poética» no la afición evidente a la lírica de que dieron muestra sus señorías, sino lo que el D.R.A.E. declara en la cuarta acepción que va adjunta al vocablo: «Conjunto de principios o de reglas, explícitos o no, que observan un género literario, una escuela o un autor». Según pensamos, así hablamos. Y también al revés: de la elocución, de la retórica, del modo, en fin, en que se extravasa una persona por medio de palabras, cabe deducir qué piensa o siente. Pues bien, la mayor parte de los diputados me produjeron una impresión rara, terminal. Su estilo se ajustó a lo que los franceses, tomando prestada la expresión a los críticos del comunismo en su fase decadente, llaman langue de bois, «lengua de madera». El lenguaje adquiere consistencia de madera cuando deja de servir a su objetivo natural, y se convierte en una máquina de no decir nada, o de decir lo contrario de lo que parece que se está diciendo. Las ideas no encajan, y porque no encajan, no expresan un argumento sino un conflicto.

¿Qué conflicto ha devastado no sólo el discurso del miércoles 2, sino el dominante en España desde que se aprobó la Constitución? No es preciso partir los pelos por cuatro para atinar con la respuesta. Lo que nos tiene atenazados, turulatos, es el conflicto nacionalista. Bastó oír a Esquerra, a CiU, al PNV, a Eusko Alkartasuna, al PSC, para comprobar, con contundencia dramática, que se ha complicado una ecuación intratable. La ecuación se puede resumir en poco espacio. Punto número uno: los nacionalistas perciben la nación, o mejor dicho, su nación, como un fenómeno natural. En Cataluña, por ejemplo, existe un fenómeno natural, extrahistórico o suprahistórico, cuya manifestación canónica es la lengua catalana. No importa cuántos catalanes hablen catalán en casa y menos aún importa que la hegemonía del catalán pueda beneficiar o no a los ciudadanos catalanes a medio y largo plazo. El catalán es la lengua «propia» de Cataluña, del mismo modo que cierto tipo de flora o fauna es propio de tal o cual isla del Pacífico. Punto número dos: es misión insoslayable del nacionalismo asentar y acrecer este fenómeno natural dotándose de los instrumentos políticos oportunos. Tres: se remata la exposición con invocaciones a la democracia. Una mayoría parlamentaria nacionalista en una CA justifica y exige que se acelere el proceso de construcción nacional en esa CA.

Se mire como se mire, el desenlace de esta cadena silogística es grave. Es gravísimo desde consideraciones asépticamente constitucionales. Una mayoría parlamentaria en Barcelona o Vitoria no significa, obviamente, que los partidos mayoritarios en esas regiones estén habilitados para entender en cuestiones cuya resolución reserva la Carta Magna a mayorías mucho más capaces. No reconocerlo, o amenazar con calamidades sin cuento si no se acepta una implícita soberanía catalana o vasca, supone ya desbaratar de un manotazo las reglas de juego en que se basa el sistema. Pero el caso es más grave, si se me apura, cuando se adopta una perspectiva puramente moral. Puesto que no es cierto que el nacionalista se esté acogiendo a la democracia, incluso a la democracia de formato pequeño en la que se siente más fuerte. Su valor supremo, y también su invocación última, es la nación. La nación como un bien que ha de ser promovido por encima de las voluntades particulares. La nación como origen y como destino. La nación como algo que no se puede discutir racionalmente porque es odioso, intolerable, mezquino, entrometerse en la esfera de los sentimientos.

Lo último se apreció clarísimamente en la segunda intervención de Mas. Mas dijo que llevaba en el corazón -y señaló con la mano su costado izquierdo- una patria. Y admitió que otro podía llevar otra patria. Ello nos devuelve a los fenómenos naturales de hace un momento. El corazón de Mas es el relicario del fenómeno natural X. Y el corazón de, qué sé yo, Rajoy, el relicario del fenómeno natural Z. Y se acabó. Artur Mas afirmó que estos dos fenómenos naturales pueden coexistir, o arder, en dos o varios corazones sin que se venga el mundo abajo. Pero hay razones para temer que no es del todo sincero. ¿Por qué? Porque el patriotismo de Mas no es sólo una efusión sentimental: se traduce en proyectos -fiscales, judiciales, competenciales- que entran en conflicto frontal con el statu quo. A la postre, la resistencia de Mas a matizar sus emociones patrióticas implica también que se resiste a matizar las consecuencias políticas y materiales de dichas emociones. Implica, qué le vamos a hacer, un principio, o una insinuación, de violencia. No se trata de una conjetura, sino de un hecho. Cito al propio Mas, en el trance de interpelar a los populares: «Si no se vota «sí» a la toma en consideración del Estatuto, ¿cómo quieren que lo hagamos la próxima vez?». Trasladado a román paladino: la próxima vez no nos atendremos al procedimiento, al rito de los controles parlamentarios, a la aprobación por mayorías espurias. La próxima vez no les concederemos la oportunidad de hacer lo único que admitimos que hagan. Que es decir «sí».

Esto es lo que se ha oído. Y como lo que se ha oído es explosivo, la langue de bois se ha empleado con inusitada energía en embozar, confundir, ocultar la realidad. Se ha sostenido que poner en cuestión una dilatación del autogobierno catalán es de derechas -¿cuál es el nexo?, ¿qué tiene que ver el tocino con la velocidad?-; se ha aseverado, igualmente, que se trataría de una actitud antidemocrática -¿con respecto a qué colectivo humano, esto es, a qué electorado? ¿Al de las cuatro provincias? ¿Al de siete, si añadimos Baleares y las tres valencianas? ¿Al de toda España?-; y el PSOE, ¡ay!, se ha deslizado por la pista trazando un vals aturdido, errático. Rubalcaba llegó a afirmar que era imposible, por definición, que un texto inconstitucional superase el filtro de la comisión parlamentaria. Ello plantea varias preguntas. Si la constitucionalidad final está garantizada, ¿por qué no se ha tomado en consideración el plan Ibarretxe? Aparte de esto, ¿piensa alguien, seriamente, que el TC estará en situación de derribar técnicamente un texto consagrado en el Congreso y votado en Cataluña? Y si lo que importa es sólo la implicación política del Congreso, ¿por qué no se va por lo derecho a una reforma constitucional, cuyas garantías democráticas -no digo jurídicas- son, a fortiori, mayores?

La langue de bois fulminará como sectarias, retrógradas, interesadas, todas las críticas que acierten a levantarse contra la desafortunada situación en que nos hemos puesto. Se asegurará que Cataluña seguirá siendo solidaria aunque sus aportaciones se dividan por la mitad o los inspectores de Hacienda sólo obedezcan a instancias regionales. Y se añadirá que la democracia, bien entendida, no guarda una relación inteligible con las expectativas vitales de millones de votantes. Cuando los problemas estallan, nos volvemos de madera. Estupenda manera de contener un incendio.

El cuidado de los mayores en España 1

REPORTAJE: El cuidado de los mayores en España 1

 

La revolución de los afectos  

 

Casi toda una generación de mujeres subordinó su realización personal y profesional al cuidado de los padres ancianos. La convivencia es frecuentemente conflictiva

 

Los progresivos cambios sociológicos y culturales registrados en la sociedad española modificaron el formato familiar y afectaron la relación de las personas de más de 65 años con sus hijos cuidadores. El déficit de cariño en numerosos hogares causa depresiones y conflictivas convivencias entre ancianos discapacitados y sus parientes, sujetos a una fuerte presión.

 

JUAN JESÚS AZNÀREZ

 

EL PAÍS  -  España - 14-11-2005

El modelo familiar español en su relación con los mayores, más de siete millones, uno de cada cuatro viviendo solo, sufrió un vuelco conforme España evoluciona hacia el formato de la Europa más desarrollada: familias más pequeñas, más inestables, con divorcios y formación de nuevas parejas, tardías emancipaciones, movilidad geográfica, y más mujeres trabajadoras: el 45% del total. No tienen demasiado tiempo, ni les sobra afectividad, para ocuparse a fondo de padres mayores que demandan mucha atención y que al no recibirla como la quisieran manifiestan contrariedad, y también un angustioso temor a la soledad, a las enfermedades y a la indefensión. Cientos de miles de hijas, y una minoría de hijos porque no hay equidad en la distribución de la carga, afrontan la responsabilidad de un cuidado a veces tan intenso que causa en las cuidadoras estados depresivos, y también animosidad hacia el padre o madre a su cargo. "Yo, antes de que mi hija tenga que pasar lo que estoy pasando yo, me quito de en medio", confesó una mujer en un sondeo de IOE/IMSERSO. Los cambios sociológicos y la inversión de los valores de la transición en curso desencadenan choques emocionales y operativos interfamiliares ya cuantificables: un 60% de los ancianos consume fármacos contra la depresión, la enfermedad del siglo XXI, según datos manejados por la Clínica Universitaria de Navarra. Los procesos degenerativos asociados al envejecimiento influyen en la patología, pero más la confusión y las frustraciones personales derivadas del nuevo perfil de las relaciones.

 

No deja de ser revelador que algunas residencias incluyan perritos para que interactúen afectivamente con los ancianos, o que voluntarios consultados para este trabajo comprueben que personas mayores a las que visitan semanalmente cierran apresuradamente la puerta tras recibirles para que los vecinos no vean que un extraño, no sus hijos, les escucha y proporciona cariño. "Hay mayores que echan pestes de sus hijos, otros que los entienden y otros que no tienen a nadie y están absolutamente solos", dice Beltrán Uriarte, voluntario de la ONG Solidarios, que atiende a 700 ancianos. "Te llaman llorando. A veces se trata de descolgar el teléfono y escucharles". En torno al 60% declara en las encuestas sentirse bastante satisfecho con su vida, pero no es oro todo lo que reluce: poco más del 40% admite sentirse siempre feliz o contento, según encuestas del Observatorio de Personas Mayores.

 

El ajetreo de los nuevos tiempos y también una suerte de desamor, cuyo exponente más claro sería la íntima convicción de muchos hijos maduros de que en el fondo están poco dispuestos a sacrificar algo sustancial de su ocio y de su trabajo, de su vida, para atender a sus padres ancianos, afecta a una buena parte de dos generaciones. "La consecuencia inmediata es la insatisfacción que nos produce a muchos hacer las cosas por obligación no porque les queremos muchísimo", reconoce José Antonio Rodríguez, de 56 años, abogado, observador del fenómeno. "Hemos cuidado de nuestros hijos a la vez que trabajábamos. Y ahora que podemos respirar un poco y ocuparnos más de nosotros mismos, muchos los vemos como una carga porque, falla la afectividad", agrega Rodríguez. "Los cuidamos por un gran sentido de la responsabilidad hacia la familia. Y me atrevería a decir que el 80% de las hijas cuidadoras tienen conflictos con la madre o el padre ancianos". Numerosos españoles de la posguerra, que trabajaron sin descanso para sacar adelante a familias frecuentemente numerosas, pero que no crearon con sus hijos lazos afectivos sólidos por el desconocimiento de su importancia, porque les daba vergüenza abordar el mundo de los sentimientos, o por los imponderables de aquel periodo de penurias, se consideran abandonados. Reclaman más cariño que cuidados físicos. "Más me hubiera valido criar cerdos que al menos dan jamones", fue la amarga reflexión de una madre de 70 años. Los españoles de la tercera edad más apenados apenas entienden que padecen las lógicas consecuencias de la transición desde la familia amplia, corporativa en el cuidado, y más rural de los años cincuenta y sesenta, con redes asistenciales de parientes, amigos u organizaciones religiosas, hacia otra más urbana y profesionalizada, con el individuo como núcleo, y prioridades y ritmos diferentes.

 

Sus hijos y nietos viven en esta última y abordan las relaciones interfamiliares de otra manera. Muchos no entienden los requerimientos de sus mayores y llegan a aborrecerlos, o pagan tiempo a terceros para que les atiendan. Otros simplemente les abandonan. Las sobrecargas llevan a convivencias tormentosas e insatisfacciones de unos y otros. Las visitas a los mayores en residencias, 266.000 personas, son frecuentes, pero no pocos internos no las reciben en meses. Las causas de estos hechos se interrelacionan y algunas tienen que ver con una transformación esencial de la estructura familiar que va dejando de ser la célula básica de la sociedad en beneficio del individuo.

 

Mayte Sancho, vicepresidenta de la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología, admite que las carencias afectivas entre las familias dependen de las relaciones de toda una vida, pero precisa que los españoles quieren a sus mayores. "Y aunque hay de todo, la propia potencia de la familia española, que se hace cargo de todo, más que en el resto de Europa, tiene un coste altísimo", señala Sancho. ¿Cuál es el coste? "Pues que como no hay servicios suficientes, las familias tienen que cubrir servicios que no pueden afrontar. Es demasiada carga y pasan cosas. Tenemos que proveer de recursos a las familias".

 

España cuenta con el menor número de personas mayores que viven solas de la Europa de los Quince, según una encuesta de Eurostat, la oficina comunitaria de estadísticas, entre los países miembros. El dato es claro: las familias de espacio compartido por dos o tres generaciones, las redes familiares, los amigos o los voluntarios, los denominados apoyos informales, tienen mayor incidencia en España. Ese factor incide en muchos aspectos.

 

El Gobierno, a través del ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales, y los agentes sociales ultiman una ley para formalizar el apoyo a la dependencia y dar un respiro a las familias.

 

El fenómeno del cuidado implica especialmente al vértice de los 7.276.620 españoles mayores de 65 años, con mayoría de viudas: el 17% de los 42.717.064 habitantes censados oficialmente en España en el año 2003. Más del 30% del total sufre algún tipo de discapacidad. Los octogenarios, 1.756.844, los más afectados, son es segmento que más aumentó en el último decenio: un 53%, frente al 9,9% de crecimiento en el total de la población española, según el Imserso.

 

La mayoría de los mayores vive en familia y parece pertinente preguntarse cómo lo hacen: ¿queridos, ignorados o soportados? El cálculo estadístico del sentimiento no es fácil, pero en decenas de conversaciones privadas con mujeres cuidadoras, el hartazgo es manifiesto. "No soporto más a mi madre", "No puedo más". Pero la recomendación "papá (o mamá) vas a estar de maravilla en una residencia", es frecuentemente recibida como un edicto de expulsión y desamor. La reacción de puertas afuera suele ser, sin embargo, comprensiva: "Mis pobres hijos trabajan tanto que no tienen tiempo para nada...".

 

¿Los hijos cuidan a sus padres por obligación o por devoción? ¿Cuáles son las razones últimas de fricciones o choques que pocos admiten abiertamente porque sería admitir el propio fracaso en la construcción de los afectos? Sin llegar al extremo de Salvador Dalí (1904-1989), que envió a su padre una carta manchada de semen con la frase: "Ahora ya no te debo nada", la lógica de los factores explica muchos de los visibles desencuentros intergeneracionales. "Ha habido en España un cambio significativo de los valores, que es un cambio psicológico. En la cúspide de los valores está ahora mismo el trabajo y la realización personal, a través del trabajo fundamentalmente. Todo lo demás es complementario. A ver cómo adapto esto (el cuidado de los mayores generalmente) a mi trabajo, a ver cómo adapto esto a mi carrera", señala el psicólogo Florentino Moreno, vicedecano de la Facultad de Psicología de la Universidad Complutense de Madrid.

 

Pocos se consideran "malos hijos", y tampoco está claro que las nuevas generaciones vayan a ser más amorosas con sus padres pese a que éstos dedican más tiempo a intentar comunicarse afectivamente con ellos. "Los chavales de ahora, la gente de 20 y 30 años, también estructuran todo en cuanto a la realización personal y tener hijos es una opción, no una necesidad. Si puedo tendré hijos... Te mueves básicamente por valores. Lo que ocurre es que disfrazas el comportamiento, lo acomodas a razonamientos lógicos". La propuesta de una madre octogenaria, progresivamente debilitada, también tenía su lógica, pero dejó perpleja y pensativa a su hija, de 52 años: "Hija mía, te pago lo mismo que ganas en tu trabajo, si me cuidas tú en lugar de la señora que queréis contratar los hermanos. No quiero que una extraña me limpie".

 

Aceptar la oferta supondría romper el vínculo con el mundo a través del trabajo y acarrearía un cierto aislamiento social y probablemente el avinagramiento del carácter, cuyos efectos pagaría el marido. Muchísimas mujeres de estratos sociales humildes, que ganan 600 o 700 euros al mes, prefieren pagar 500 a una chica o a una señora latinoamericana, porque hablan español y son cercanas culturalmente, para no romper ese vínculo con el exterior. Cada familia es un mundo y la constelación de complejidades humanas determina la adoración, la conflictividad o la neutralidad en las relaciones interfamiliares. Las transformaciones económicas y sociales registradas en España desde la generación de los años cuarenta a sesenta, sin embargo, han sido muy importantes y explican cómo se siente la agente que tiene personas dependientes a su cargo y cómo se sienten las personas dependientes.

 

La emergencia de un mercado del cuidado, y la mayor disponibilidad económica para acudir a la contratación de servicios, entre ellas residencias de entre 1.200 y 3.000 euros mensuales, son dos elementos importantes. El factor fundamental del cambio, sin embargo, ha sido la incorporación de la mujer al mundo del trabajo y la modificación de su papel en la familia. En el año 1970, el porcentaje de mujeres trabajadoras era del 23% contra el 45% del pasado año. De hecho, casi toda una generación de mujeres españolas, cuya edad media ronda los 53 años, cónyuges o hijas solteras, sacrificó buena parte de su realización personal y profesional para cuidar de sus mayores, según constata María Ángeles Durán, profesora de investigación del Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), que ha publicado más de un centenar de libros y ensayos.

 

"¿Cómo ocuparemos en el futuro su lugar en la prestación de servicios? ¿Con más impuestos?", se pregunta la catedrática de Sociología. Los poderes públicos tienen la palabra. Sólo la sustitución del tiempo empleado por la mujer cuidadora por trabajo remunerado obligaría a la creación en España de 600.000 nuevos puestos de trabajo, según Durán.

 

Los varones, a tenor de estudios publicados por la Fundación Europa para las Condiciones de Vida y de Trabajo, marcan más el límite de lo que están dispuestos a soportar, aceptan menos la responsabilidad del cuidado y les cuesta menos decidir el ingreso en una residencia de ancianos. Los hijos no sufren tanto el elevado coste psicológico encajado por las hijas durante procesos asistenciales de larga duración. María Ángeles Durán reconoce haber llorado con su equipo al escuchar los testimonios de algunos cuidadores. "Es muy duro", señala. "Tenemos encuestas en las que el 36% de los cuidadores profesionales entraron en depresión".

 

L. R., de 45 años, es ayudante sanitario de un hospital madrileño y ha visto muchas mezquindades durante 20 años: "Hijos que sólo vienen a fin de mes a ver qué queda de la pensión de su madre; dos hijas que aparcan a su madre en el hospital y se van de vacaciones sin dejar un teléfono de contacto, hermanos que visitan a su padre a diferentes horas para ver qué pasa con el testamento. Igual que las familias que ingresan a los ancianos todos los fines de semana a través de urgencias alegando dolencias que no existen. Pero hasta que son analizadas ganan tiempo y el fin de semana". "Es para echarse a llorar. Quieren que sus padres se mueran de una vez. Y eso no sale en las encuestas", afirma L. R. Giulia, la mala hija del libro del mismo nombre de la escritora italiana Carla Cerati, también ansió la muerte de su madre: "Tú tienes 80 años y podrás vivir otros 15 más, y tu vida será la misma. Para mí es distinto: éstos son los 15 años de vida activa en los que puedo realizar los proyectos postergados durante tanto tiempo. Después yo también me haré vieja". Las motivaciones del comportamiento son diversas, pero hace falta querer muchísimo, haber forjado lazos afectivos intensos o asumir una obligación moral heroica, para sobrellevar el trance real de Charo, de 55 años, profesora de universidad, que vive sola con su madre de 89 años, aquejada por patologías múltiples, como buena parte de los 1.756.844 octogenarios españoles. Gasta más de la mitad de lo que gana para que dos personas la atiendan los días laborables y tres noches.

 

No puede más. Su madre la llama constantemente y todo lo quiere todo al instante. Ya. En una semana debió llevarla tres veces a urgencias, de madrugada. "Se empeña en que le aprieta la cintura pero los médicos no le han encontrada nada ninguna de las tres veces". La hija se prometió no ceder de nuevo "Por favor, Charo de mi alma, no me hagas esto, no te portes así conmigo, que me voy a morir". La queja y la somatización de la angustia. Piden constantemente atención: "Ay qué mal me encuentro, no sé cuanto duraré, no me hacéis ni caso...". El calvario de Charo, que apenas duerme, hace cuatro años que no toma vacaciones, padece artrosis y debe mover los 80 kilos de peso muerto de su madre, es bastante extremo, pero no se encuentra sola: muchísimas españolas lo comparten. "Mi hermano viene de visita alguna vez pero no me sirve de ninguna ayuda. Cree que eso es obligación mía". La crueldad puede ser terrible. Una noche que se fue a la cama a las tres de la madrugada, su madre volvió a llamarla. "Se ha ido a descansar, que está muy agotada", le dijo la asistenta peruana. "Pues despiértala que para eso es mi hija". Charo decidió vender el piso, comerse los ahorros y buscar una residencia. "Iré a verla todos los días, estaré unas horas con ellas y la cogeré de la manita. No sé si lo comprenderá o no...". Probablemente, no. Pero las nuevas generaciones probablemente sí. Es el rumbo de la sociedad española: "Ahora chocan el vínculo y las condiciones reales del entorno respecto al cuidado. ¿Qué hacer?, ¿renunciar el trabajo?", se pregunta el psicólogo Florentino Moreno. "Yo veo que todo se está resolviendo por la vida de la profesionalización. Mis padres van a estar mejor atendidos por profesionales. Yo no puedo. Eso dice toda la gente".

 

No pueden, pero ¿quieren?

 

Pulso a la Modernidad liberal

Pulso a la Modernidad liberal

 

POR JOSÉ MARÍA LASALLE

 

ABC

 

lunes 14 de noviembre de 2005

 

 

HACE 60 años el paisaje físico y moral de Europa era desolador. El viejo continente trataba de recuperar su pulso entre los escombros de la II Guerra Mundial. En este sentido, noviembre de 1945 tuvo que ser especialmente duro para todos, vencedores y vencidos. A pesar de la luminosa atmósfera que había traído la paz, las sombras de las humeantes hogueras morales dejadas tras de sí por Auschwitz o los bombardeos aéreos y las deportaciones decretadas a fuerza de bayoneta oscurecían el ambiente de un continente enredado en el ovillo de la historia.

Basta leer los escritos de quienes trataban de registrar en aquellos momentos las huellas del tiempo de la mano de sus diarios para comprenderlo. A un lado y otro de la línea que separaba la victoria de la derrota, el sentimiento de desesperanza era compartido. Todavía hoy se palpa con una carnosidad terrible, purulenta, gracias a los testimonios, por ejemplo, de Victor Klemperer o Ernst Jünger. En este sentido, aunque la paz era un hecho, sin embargo, la reconstrucción física y moral del continente estaba por hacer, pendiente de un esfuerzo titánico, después de las sacudidas sísmicas desatadas por las walkirias totalitarias del nazismo.

De hecho, la orgullosa Europa civilizada yacía en el hondón de una memoria repleta de culpas debido a la miserable incontinencia de un historicismo irracionalista que había decidido llevar hasta el paroxismo comunitarista la máxima nietzscheana de «vivir peligrosamente». Sumergida en el silencio dejado tras de sí por el fragor de la destrucción vivida, Europa esperaba bajo el cielo plomizo de un desencanto sobre sí misma y sus posibilidades civilizadoras mientras desde el Este comenzaban a llegar los ecos rugientes de una maquinaria totalitaria que empezaba a calentar y engrasar sus motores de la mano del comunismo.

Precisamente fue entonces cuando desde los antípodas del continente caído, desde la lejana Nueva Zelanda, llegó el aliento liberal de un libro que trataba de explicar los porqués de todo aquello al ofrecer un cuaderno de bitácora que trazaba el único itinerario posible hacia la libertad. «La sociedad abierta y sus enemigos» fue la obra con la que Karl Popper registraba un canon en el que se delimitaba con precisión la compleja simetría conceptual sobre la que asienta la arquitectura política de la Modernidad liberal. Y lo hacía retratando su diseño epistemológico e institucional a contraluz o, si se prefiere, bajo la sombra acechante de la fisonomía colosal de los artífices de las sucesivas estrategias de demolición urdidas históricamente por los enemigos de la libertad.

Y así, con la técnica indagatoria de quien trata de diseccionar las huellas de un crimen, Popper fijó el itinerario procesal de ese fuste torcido de la inteligencia que con insistencia machacona trata a lo largo de la historia de cerrar sobre el cuello de la Humanidad el infame cordel de la tiranía. Publicado por la editorial Routledge en noviembre de 1945 después de innumerables retrasos, el libro obtuvo un clamoroso éxito al que tan solo cabe equiparar el conseguido un año antes por «Camino de servidumbre» de Hayek. Escrito desde la colaboración intelectual y el intercambio de ideas epistolar con este autor y con E. H. Gombrich -teórico de una fascinante epistemología sobre la mirada artística que está todavía por ser estudiada y sondeada en sus claves, digamos, estéticamente liberales-, el libro ofrece una extraordinaria actualidad a pesar de los años transcurridos desde su publicación. Y es que 60 años después, y a pesar de que en 1989 cayó la amenaza totalitaria cuya emergencia desvelaba Popper en 1945, la modernidad liberal sobre la que se asienta la sociedad abierta vuelve a estar sitiada y en crisis.

La gravedad del momento la marca un escenario de convergencia fatal en el que una constelación de discursos impugnadores de factura polivalente trata de asaltar los diversos parapetos institucionales y emocionales sobre los que se asienta la defensa de la sociedad abierta. Estamos ante un ataque combinado que aglutina los diversos malestares transversales que dentro y fuera de los márgenes de la Modernidad liberal se han ido desarrollando desde 1989. En realidad, tendríamos que hablar de una especie de reacción espontánea ante su éxito y su propagación global que busca generar la implosión de las estructuras de la sociedad abierta mediante un colapso de sus bases de complejidad y legitimación, agudizando así la tragedia valorativa que acompaña, como resalta Isaiah Berlin, el devenir cotidiano que identifica su toma de decisiones. La punta de lanza de este asalto a la Modernidad liberal sería externa. La protagonizaría la revisión totalitaria surgida en el islam con el fin de obstaculizar las consecuencias laicas e igualitarias que irradian la racionalidad crítica y la tecnología social que acompañan el desarrollo de la globalización. De hecho, el 11-S sería el punto de arranque de esa reacción. El momento en el que se identificarían el objetivo y la narración de un ataque directo contra el capitalismo técnico y sus derivados significantes. Así, el Occidente que resultó de la victoria de 1989 sería a partir del 11-S puesto bajo sospecha global, abriendo de paso una fractura interior en el seno de la sociedad abierta de la mano de aquellos que, especialmente en Europa, asistieron a regañadientes a su triunfo con la caída del Muro del Berlín.

En este sentido, la responsabilidad de la izquierda posmarxista europea en la utilización del simbolismo deslegitimador que trajo consigo el derrumbe terrorista de las Torres Gemelas de Nueva York es esencial para comprender la crisis que sacude a la Modernidad liberal. De hecho, la izquierda en general -y en particular la izquierda española como paradigma de este cambio en Europa- ha encontrado las raíces de una nueva sospecha antiliberal mediante la que articular una nueva narración sobre la cual verter un discurso de impugnación que ha ido seduciendo progresivamente tanto a los que atemorizan la amenaza islamista y el componente de riesgo que contiene el Occidente tecnológico como a aquellos a los que irrita o fatiga el individualismo político, epistemológico, económico, ético y metodológico que contiene el liberalismo. El problema reside aquí realmente. En que el conjunto de la izquierda vive paulatinamente presa de una apertura posmoderna hacia la negación de sus raíces modernas e ilustradas al establecer una alianza estructural con los rescoldos de una premodernidad que ha actualizado su lenguaje haciéndose comunitarista, mientras trata de torcer el eje de gravedad del consenso social mediante el colapso de las instituciones demoliberales a fin de justificar su inevitable reforma.

Precisamente cuando se cumplen 60 años de «La sociedad abierta y sus enemigos», habría que recordar a esta izquierda que huye hacia adelante con tan extraños compañeros de viaje aquello que decía Nietzsche de que quien se asoma a un abismo tenga cuidado de que el abismo no se asome a él. Lo triste es que a los liberales no nos queda más salida que dar esta batalla intelectual sin ninguna retaguardia, pues mientras París arde ya ni siquiera nos queda la lejana Nueva Zelanda popperiana para ver y, desde allí, esperar. La libertad y la sociedad abierta se juegan en Europa aquí y ahora.

Francia: ¿qué hacer? (y 2)

Francia: ¿qué hacer? (y 2)

 

WALTER LAQUEUR - 14/11/2005

 

Cuando las cosas van mal siempre es positivo leer un libro de talante optimista... El libro de la profesora Jytte Klausen, The islamic challenge. Politics and religion in Western Europe (Oxfortd University Press, 2005), es uno de esos libros; acaba de ser publicado en Londres y aparecerá próximamente en EE.UU. La profesora Klausen ha entrevistado a la elite musulmana en Europa; a trescientos médicos, ingenieros, parlamentarios, abogados, empresarios, líderes comunitarios y otras personas de similar condición e influencia en el norte y oeste de Europa (no en Italia ni en España), y es del criterio de que, con un poco de buena voluntad por ambas partes (aunque sobre todo de parte de los europeos), todo irá bien. Los líderes musulmanes en Europa han suscrito la causa del liberalismo y, en sentido amplio, de los derechos humanos. La tesis de Huntington sobre el choque de civilizaciones es absurda. Los musulmanes europeos desean integrarse o en todo caso tienden hacia un euroislamismo, que esta profesora asocia de alguna manera al eurocomunismo, una forma evolucionada de socialismo, algo así como un estadio a medio camino en dirección al capitalismo. La mayoría de ellos optan por la laicidad, y hacia tal tesitura se verán secundados por sus respectivas comunidades. El terrorismo no es la principal de sus preocupaciones: los principales motivos de inquietud de los musulmanes tienen que ver con cosas como por ejemplo dónde comprar carne sacrificada según su manera tradicional (halal). Si los europeos son un poco menos xenófobos, todo irá bien.

Si ello fuera realmente así, las ciudades francesas no deberían haber ardido, pero lamentablemente ha sucedido lo contrario. Manifiestamente, el mensaje de la elite musulmana no ha alcanzado el núcleo de la gente joven; acaso, más probablemente, lo que pasa es que nunca les ha importado menos lo que pueda pensar gente como abogados y empresarios... Como dijo el padre de un joven alborotador en un barrio periférico de París, "cuando le rogué a mi hijo que no se uniera a los revoltosos, me amenazó con un cuchillo". Resulta patente que la lista de gente entrevistada por la profesora Klausen es algo incompleta; debería haber entrevistado también a los jefes de bandas que ahora parecen figurar también en las filas de las elites, evidentemente tan influyentes por lo menos como los abogados, los ingenieros e incluso los imanes. Y como no cabe esperar a que las predicciones de la profesora Klausen se hagan un día realidad, surge con fuerza la pregunta de qué hacer mientras tanto con respecto a estas revueltas.

Si estos disturbios hubieran estallado por ejemplo en China o en Marruecos -o, de hecho, en la mayoría de países fuera de Europa-, el Gobierno habría empleado de inmediato mano muy dura contra los alborotadores, posiblemente se habría producido una matanza y el orden se habría restablecido en 24 horas. Pero en un país democrático europeo la solución plaza de Tiananmen (sugerida por algunos chinos) es inadmisible a menos que la situación hubiera empeorado mucho más. Algunos han propuesto un mecanismo de recambio, un tanto in extremis, consistente en que a los jóvenes oprimidos, explotados, tratados sin respeto o marginados se les faciliten recursos para regresar -inexcusablemente- a sus países de origen.

Sin embargo, todo esto son fantasías de mentes sulfuradas; el enfoque que resta y permanece es la llamada discriminación positiva. O, en términos más sencillos, la opción de apaciguar y aplacar a los descontentos... Tal alternativa no puede significar la exculpación automática de los acusados de homicidios y algaradas ni tampoco la introducción y aplicación de la charia en Europa, pero sí entraña que los inmigrantes reciban trato preferente sobre la población local en cuestiones como la vivienda y el empleo. Y, sobre todo, que los jóvenes reciban incentivos suplementarios en enseñanza y formación de modo que se reduzca la proporción de fracaso escolar y educativo o abandono de los estudios. Lo propio puede decirse del mercado laboral. Es posible, ciertamente, que esta política no funcione ya que un puesto de trabajo ofrecido por el Gobierno puede representar un escaso atractivo a ojos de quienes viven de la economía sumergida (el narcotráfico, por ejemplo). Sin embargo, caben posibilidades de que se abra paso una cierta vía de normalización de modo que la próxima generación sea menos problemática y llegue el día en que la mencionada discriminación positiva sea innecesaria y superflua. Todo ello entraña asimismo que debería evitarse el lenguaje incendiario. Marx y Engels podían escribir en su tiempo sobre el lumpemproletariado (desecho social) sin verse por ello acusados de ser políticamente incorrectos. Actualmente ya no es posible.

Este tipo de política sulfurará a mucha gente y suscitará, indudablemente, una reacción social y política. Además, tampoco es seguro que funcione. Sin embargo, es el precio que hay que pagar por la inmigración incontrolada del pasado, por disfrutar de un razonable y pacífico modo de vida en las capitales europeas, por el declive demográfico europeo. Para que el Estado de bienestar siga adelante, la población europea ha de reproducirse, cosa que no hace... lo que significa que la inmigración será necesaria para aumentar la mano de obra europea. ¿De dónde vendrán? Tal vez debería hacerse un mayor esfuerzo para atraer inmigrantes del Sudeste Asiático.

Si alguien tiene mejores sugerencias para solucionar la crisis actual -que es, asimismo, una crisis permanente-, debería darlas a conocer.

 

W. LAQUEUR, director del Instituto de Estudios Estratégicos de Washington
Traducción: José María Puig de la Bellacasa

Francia: ¿qué hacer? (1)

Francia: ¿qué hacer? (1)
¿OBEDECEN LOS tumultos a que la sociedad francesa ha excluido expresamente a estos jóvenes?
 

WALTER LAQUEUR - 10/11/2005


Cualquier extranjero que haya visitado ciudades francesas como París, Lyon o Estrasburgo -y también localidades de menores dimensiones- con los ojos bien abiertos en los últimos años habrá caído en la cuenta de que la pócima se estaba cociendo. Y si los visitantes extranjeros han podido observar la situación, con mucha mayor razón los analistas franceses. Mis estanterías abundan en títulos sobre la cuestión e incluyen informes de comités gubernamentales pormenorizados que hacen hincapié en el fracaso de la integración de nuevos inmigrantes. Y lo que poseo es sólo - necesariamente- una pequeña parte de la extensa literatura sobre el tema.

De todos modos, es evidente que la actual ola de ataques se ha producido por sorpresa y que aunque con las lluvias y la crudeza del invierno cesen los tumultos y disturbios, tal inflexión tampoco está garantizada y, en cualquier caso, el problema no desaparecerá.

Ahora bien, ¿cuál es realmente el problema? Existe un alto grado de confusión. La explicación rutinaria y convencional alude a la pobreza y el desempleo. Yes indudable, en efecto, que los primeros ataques no procedieron del bulevar Saint-Germain ni de los distritos I, VIII y XVI, sino en los barrios y núcleos periféricos, los suburbios... No obstante, tampoco coincidieron exactamente con las zonas más pobres. Evry, por ejemplo, donde un hombre resultó muerto y se encontró un almacén de artefactos explosivos, se enorgullece de sus numerosos parques. Posee una universidad y un jardín botánico y afirma ser una de las ciudades con más zonas verdes de Francia.

Por otra parte, se asevera que las responsabilidades recaen sobre las espaldas del Gobierno (o de los gobiernos) y de sus muchos años de desidia y negligencia política. Sin embargo, se han invertido miles de millones en los mismos suburbios y buena parte de las barriadas pobres de hoy fueron viviendas dignas -si bien no se distinguían por su hermosa factura- no hace tantos años... Los gobiernos -de izquierdas y de derechas- construyeron guarderías, piscinas, espacios de juegos infantiles, clubs de jóvenes y en numerosos municipios viven tantos trabajadores sociales como delincuentes juveniles, y eso es decir muchos... Los niños han ido de vacaciones regularmente a lugares muy distantes de su residencia. Tal vez el gasto público debiera haberse duplicado e incluso triplicado, pero tal observación no implica en absoluto que de llevarse la medida a la práctica hubiera motivado un cambio radical.

Otras voces dicen que todo obedece al desempleo, y es innegable que el paro, especialmente el juvenil, es muy elevado, hasta un 40%. Pero, qué curioso, las jóvenes árabes y africanas no suelen tener dificultades para encontrar trabajo; el problema se acusa entre los jóvenes. ¿Por qué? ¿Obedece a que las instituciones y la sociedad francesa han excluido intencionada y expresamente a estos jóvenes, sin darles la oportunidad de aprender una profesión, o a otras razones? Si es así, ¿a qué razones?

Porque ¿cómo explicar que muchos de los que lanzan cócteles molotov tienen 13 y 14 años, de modo que el problema del paro puede ser no determinante en su caso? ¿Obedece al impacto negativo del islam? Muchos revoltosos proceden de África occidental y no son musulmanes, y los jóvenes musulmanes no son especialmente religiosos ni observan los preceptos de su fe. Son jóvenes sans foi et sans loi (sin fe ni ley) como afirmó uno de ellos. Los propios líderes musulmanes han prohibido participar en los tumultos y, si bien desconocemos hasta qué punto las revueltas se van visto teñidas de una connotación islámica, parece evidente que - por una vez- los eslóganes islamistas no han desempeñado un papel esencial.

¿Han sido estos ataques sistemáticos, planificados y coordinados o espontáneos? No está claro en absoluto. Indudablemente ha pesado el efecto de resonancia, y es evidente que en otras localidades se han imitado las conductas constatadas en París. Y si en algunos lugares los jóvenes no salieron a enfrentarse directamente con la policía, en otros buscaron claramente lo contrario. Se ha dado en todo caso un grado mínimo de organización, al menos para fabricar los cócteles molotov. En cuanto al incendio de vehículos, los psicólogos dirán que el coche es un símbolo de estatus; incendiarlo traduce una actitud de desafío al establishment al tiempo que de envidia... En fin, está bien decirlo, pero ¡es que además han incendiado escuelas, guarderías, gimnasios! ¿Querían disfrutar y experimentar emociones, con cierta dosis de afán de destrucción que a decir de los expertos encubre un primario instinto creativo?

Me he limitado a plantear preguntas que solventes comités especializados debatirán en los próximos años. Pero urge actuar y cabe preguntarse: ¿cuál es la mejor manera de hacerlo? El Gobierno francés se inclina ante un paciente gravemente enfermo y su diagnóstico no es aún claro e indubitable. Pero todos -con plena razón- esperan que haga algo. Se han publicado informes sobre el fenómeno en Londres y en Washington (y no sólo sobre Francia, sino también sobre Europa en general), a los que espero referirme en mi próximo artículo.
W. LAQUEUR, director del Instituto de Estudios Estratégicos de Washington
Traducción: José María Puig de la Bellacasa

 

Fronteras de la frontera

Fronteras de la frontera
Una delgada línea roja separa los países, una línea que se construye como un obstáculo no sólo físico, como signo de la desigualdad. Por ello la frontera interesa a pensadores y artistas, porque nos advierte del ser de los nuevos muros
Se presume que las fronteras están en vías de extinción, pero crecen en los lugares más inverosímiles y por las razones más perversas
 

ANTONI MARÍ - 09/11/2005


La frontera es esta delgada línea roja que apenas se percibe, pero que está. Es esa zanja en pleno campo que separa, y que al menos permite guarecerse a los que se quieren ir. Es ese extenso brazo de mar que engulle personas y barcazas. Es ese alambre de espinos que rasga la ropa y la carne y que persuade a uno de mantenerse donde está. La frontera es esa valla de piedra seca. Es ese muro de contención que contiene y que impide la circulación, tanto la de fuera como la de dentro. Las fronteras son barreras que favorecen la construcción de las identidades nacionales y las preservan de cualquier intrusión que pueda transformarlas. Son también modos de defensa de todo lo extraño y maneras de permanecer en lo que se está. En muchas ocasiones las fronteras coinciden con los accidentes naturales: las montañas, los valles, ríos y depresiones, pueden prestarse como límite o confín de un estado o pueden recoger identidades étnicas, o pueden ser, simplemente, separaciones arbitrarias sin otra razón que la repartición del territorio según las más extrañas razones y argumentos. Las fronteras delimitan territorios, determinan culturas, y distinguen entidades. Es diferente la percepción de la frontera si es considerada desde dentro, como si lo es desde fuera. Desde dentro se ve como cohesionadora de voluntades; desde fuera como una entidad total y absoluta que se distingue por las diferencias que impone.

Siempre se dieron las fronteras; las naturales, las políticas y las culturales. Y todas ellas se mantuvieron intactas durante siglos. Por las guerras se podía ceder un territorio o anexionarse otro, que transformaba la frontera en un accidente; pero se mantenía de un modo fácilmente identificable y reconocible. Actualmente se presume que las fronteras están en vías de extinción y que en los países avanzados, véase la Unión Europea, están definitivamente anuladas. Junto a esa afirmación queda la transparente constatación de que las fronteras crecen y se multiplican en los lugares más inverosímiles y arbitrarios y por las razones más egotistas y perversas. Esta proliferación de fronteras creció con el derrumbe de la Unión Soviética y con la formación de los nuevos estados del antiguo bloque soviético, puesto que la uniformidad impuesta por el comunismo desapareció dando lugar a las antiguas etnias tradicionales. Y a partir del peligro Al Qaeda las fronteras han multiplicado su control y afirmado su selección.

Es cierto que en Europa las fronteras han reducido su voluntad de exclusividad. Sin embargo y únicamente para los ciudadanos de la UE; puesto que para todos los demás, y con especial atención a los miembros de los países en vías de desarrollo,la restricción a que se ven sometidos es directamente proporcional al número de los que pretenden atravesar la frontera.

Europa, posiblemente por la falta de experiencia histórica en la recepción de migraciones -a nadie se le ocurría emigrar a Europa ya que eran los europeos los que emigraban a otras tierras- no encuentra un modo digno y adecuado de recibir a los miles de emigrantes que llegan a las puertas de la UE para huir del hambre, la injusticia y la privación. La UE en lugar de considerar seriamente y con eficacia una estrategia adecuada, se ha preservado de la nube de langosta africana construyendo muros reales y simbólicos como tantos de los que separan Estados Unidos de México, Israel de Palestina, Pakistán de Afganistán, Venezuela de Colombia, México de Guatemala, Rusia de Ucrania, Nicaragua de Costa Rica, etc.

Estos nuevos muros, imperceptibles para quienes no quieren atravesarlos; estos muros que, como afirma Juan Goytisolo, se esconden bajo los epítetos de perímetros disuasivos, vallas de contención o sistemas perfeccionados de vigilancia electrónica. Estos muros, más que contener la avalancha de los sin identidad, parecen construidos para castigar a los que se resisten a sobrevivir en condiciones inhumanas. En estos muros se practica la misma caza que la policía de la República Democrática alemana solía practicar con los que huían de ella; un deporte que en Estados Unidos, tan dados a nombrar todas las cosas, es conocido como hunting illegals.

Estos muros fronterizos unos tienen 650 kilómetros de largo y son un espeso bloque de cemento armado, de ocho metros de altura, como el de Israel. Otros 144 , como el antiguo muro de Berlín. Otros deberían tener 254 como el de Nicaragua. O 4,8 como el de la frontera de San Diego (California). O 500 como el de Arizona. O 10 kilómetros como el de Melilla que, según el proyecto inicial, consiste en la erección "de dos vallas distanciadas entre sí por un espacio de cinco metros, con una carretera en medio para el personal de vigilancia". Las vallas tendrán una longitud de 10 kilómetros y una altura de tres metros, es "una valla diáfana, de acero reforzado, que podrá ser vista desde ambos lados". En la parte interior de la misma, según la descripción del mismo proyecto "se instalarán sistemas ópticos de vigilancia, con 70 cámaras fijas, que facilitarán la observación de la zona". La labor protectora se completará "con sistemas sensores, acústicos y de fibra óptica para impermeabilizar el control del perímetro fronterizo".

Esta alta tecnificación de la frontera de Melilla no contó con la imaginación de los subsaharianos que con rudimentarias escaleras treparon las vallas; unos lograron atravesarlas, con los pies y las manos rotas, otros se quedaron en el intento, otros murieron (12 según las autoridades españolas). Y los más sufrieron el acoso, la represión y la tortura en los campamentos marroquíes, para más tarde sacarlos esposados de dos en dos, en destartalados autobuses, y mandarlos al Sáhara Occidental, en pleno desierto, en una zona disputada desde hace años con el Frente Polisario que la reclama, y donde Marruecos ha levantado otro muro entre el Sáhara Occidental y Argelia. Muchos de ellos llevaban más de dos años recorriendo África para llegar a un muro de espinos donde dejar la piel y abandonar toda esperanza.

Y sin embargo nadie puede detener esta avalancha humana que huye de un infierno para caer en otro, donde se obtiene la seguridad personal a expensas de la libertad colectiva y donde el bienestar, que creemos perdurable, nos hace olvidar que la existencia es vida de frontera. Con otros riesgos, tal vez, y otras perspectivas, pero lugar de paso, frontera.

 

Ética, política y derecho

Ética, política y derecho
En el mundo de la globalización, las fronteras políticas no encuentran ya justificaciones éticas
 

Los sociólogos ven en la frontera tanto una fuente de seguridad como un síntoma de precariedad
 

DANIEL GAMPER - 09/11/2005


El debate sobre la frontera se dirime en la frontera entre ética, política y derecho. Las comunidades humanas que han afirmado su identidad por oposición a los otros han tenido que coexistir con los discursos que cuestionaban la legitimidad de esta separación. Tal vez esta tensión no era tan manifiesta mientras en la arena internacional se mantenía el modelo westfaliano que garantizaba tanto la soberanía territorial como un control exhaustivo de la permeabilidad fronteriza. Pero la mundialización ha venido a trastocar en sus aspectos esenciales esta consideración territorial de las fronteras. De ahí que la reflexión contemporánea acerca de la frontera sea vacilante y oscile entre extremos, pues el fenómeno del que hay que rendir cuentas no puede ser observado aún con una mínima distancia crítica.

Cualquier reflexión sobre la frontera en la actualidad acepta su carácter contingente e histórico. Como señala el diplomático y geógrafo francés, Michel Foucher, desde 1990 hemos asistido sólo en Europa a la creación de 14.000 nuevos kilómetros de fronteras; en algunos casos fruto de guerras internacionales o civiles, en otros casos resultado de acuerdos. Al mismo tiempo, en la Unión Europea las fronteras dejan de desempeñar algunas de sus funciones tradicionales. Ambas tendencias evidencian que las fronteras están sometidas al vaivén de la historia humana y que, por tanto, no deben representar una limitación para el estudio filosófico-político.

Europa es el escenario en el que se concentran los discursos sobre la frontera y la identidad. George Steiner no propone un acercamiento geográfico-territorial a Europa, inclinándose, antes bien, por sus prácticas culturales comunes. Tzvetan Todorov, por su parte, sostiene que la civilización europea no puede ser reducida a criterios sociopolíticos, económicos, demográficos o culturales, sino que su peculiaridad radica en su crítica de sí misma, que le permite acoger en su seno a los extranjeros sin asimilarlos plenamente otorgándoles las garantías legales para que puedan desarrollarse de manera autónoma.

Es justamente esta tendencia a contemplarse a sí mismo desde la mirada del extranjero la que ha influenciado profundamente a los pensadores de la frontera. Es la ética, entendida como la puesta en cuestión de la moralidad vigente y de los prejuicios de la propia cultura, la que socava los cimientos políticos de la frontera. Acorde con esta exigencia, Étienne Balibar aboga por una desacralización de las fronteras para que aquellos que las cruzan sean tratados en conformidad con los derechos humanos y no de acuerdo con los ritos y formalidades aduaneros vigentes.

La frontera es vista como un sistema selectivo que divide a las personas entre ciudadanos y seres humanos, reproduciendo así la estructura de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789, como destaca Giorgio Agamben en su Homo sacer. Frente al realismo político y la legalidad jurídica que aceptan y refuerzan esta división ilegítima, Seyla Benhabib aboga por una consideración porosa de las fronteras y por la aplicación de gran parte de los derechos de ciudadanía a los meros seres humanos, algo que, por otra parte, ya sucede en algunos países de la Unión Europea. El intransigente imperativo ético que afirma la igual dignidad de todos los seres humanos y también la, más pedestre pero también más efectiva, hospitalidad, se resisten a aceptar la diferencia sobre la que se edifica la mencionada declaración, pues supone que las personas son tratadas desigualmente como resultado de circunstancias contingentes. Sin embargo, Benhabib no defiende la desaparición de las fronteras pues sostiene que esto conduciría a una desaparición de un demos cohesionado y sólido en sus convicciones que es el requisito para que se pueda hablar de democracia.

Los filósofos que discurren sobre la frontera deben encajar, pues, el realismo político que acepta la realidad de las fronteras y actúa en consecuencia, de una parte, con los principios éticos que se aplican más allá de las fronteras, de la otra. Bajo el epígrafe cosmopolitismo se reúnen los esfuerzos filosóficos que, siguiendo la tradición ilustrada, aspiran a debilitar la política de hechos consumados.

En esta línea hay que citar a Thomas Pogge, Jürgen Habermas, David Held o Martha Nussbaum, que, en diferentes grados, recuperan la tradición universalista y cosmopolita de la filosofía para aplicarla al ámbito jurídico. No es pues extraño que acaben defendiendo un derecho internacional sólido en una federación mundial de naciones, como la propuesta hace algo más de doscientos años por Kant en Hacia la paz perpetua. En un mundo en el que las fronteras políticas no encuentran ya justificaciones éticas tan sólo cabe desear un derecho internacional que, sin alterar de raíz el principio de territorialidad, permita extraer las mejores consecuencias de la globalización.

Los sociólogos, menos dados a la normatividad, ven en la frontera una fuente de seguridad y un síntoma de precariedad. Es el caso, por ejemplo, de Zygmunt Bauman que interpreta la obsesión moderna por la seguridad, la profusión de cámaras de videovigilancia y la altura creciente de los muros separadores, como cifras de la ausencia de vínculos sociales fiables y de identidades fijas. En cambio, Craig Calhoun ve la supervivencia de las identidades nacionales y de los sentimientos de pertenencia compartida como un antídoto frente a las elitistas y disgregadoras seducciones del cosmopolitismo.

Tratar de fronteras es tratar de la guerra y de su correlato, la paz. Hans Joas aplica la sociología para destacar que la guerra, el frente de guerra, la frontera, es un fenómeno jurídico y moral, (i) legal e (i) legítimo, y no sólo visceral o animal como, al parecer, pensaba Thomas Hobbes. Al respecto Michael Walzer escribió un libro sensacional: Guerras justas e injustas.

La frontera de las fronteras se halla hoy en el territorio que ocupan las entidades llamadas Israel y Palestina. Todo ese territorio es fronterizo, según el arquitecto y teórico israelí, Eyal Weizman. Como en el lejano Oeste.