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Fronteras de la frontera

Fronteras de la frontera
Una delgada línea roja separa los países, una línea que se construye como un obstáculo no sólo físico, como signo de la desigualdad. Por ello la frontera interesa a pensadores y artistas, porque nos advierte del ser de los nuevos muros
Se presume que las fronteras están en vías de extinción, pero crecen en los lugares más inverosímiles y por las razones más perversas
 

ANTONI MARÍ - 09/11/2005


La frontera es esta delgada línea roja que apenas se percibe, pero que está. Es esa zanja en pleno campo que separa, y que al menos permite guarecerse a los que se quieren ir. Es ese extenso brazo de mar que engulle personas y barcazas. Es ese alambre de espinos que rasga la ropa y la carne y que persuade a uno de mantenerse donde está. La frontera es esa valla de piedra seca. Es ese muro de contención que contiene y que impide la circulación, tanto la de fuera como la de dentro. Las fronteras son barreras que favorecen la construcción de las identidades nacionales y las preservan de cualquier intrusión que pueda transformarlas. Son también modos de defensa de todo lo extraño y maneras de permanecer en lo que se está. En muchas ocasiones las fronteras coinciden con los accidentes naturales: las montañas, los valles, ríos y depresiones, pueden prestarse como límite o confín de un estado o pueden recoger identidades étnicas, o pueden ser, simplemente, separaciones arbitrarias sin otra razón que la repartición del territorio según las más extrañas razones y argumentos. Las fronteras delimitan territorios, determinan culturas, y distinguen entidades. Es diferente la percepción de la frontera si es considerada desde dentro, como si lo es desde fuera. Desde dentro se ve como cohesionadora de voluntades; desde fuera como una entidad total y absoluta que se distingue por las diferencias que impone.

Siempre se dieron las fronteras; las naturales, las políticas y las culturales. Y todas ellas se mantuvieron intactas durante siglos. Por las guerras se podía ceder un territorio o anexionarse otro, que transformaba la frontera en un accidente; pero se mantenía de un modo fácilmente identificable y reconocible. Actualmente se presume que las fronteras están en vías de extinción y que en los países avanzados, véase la Unión Europea, están definitivamente anuladas. Junto a esa afirmación queda la transparente constatación de que las fronteras crecen y se multiplican en los lugares más inverosímiles y arbitrarios y por las razones más egotistas y perversas. Esta proliferación de fronteras creció con el derrumbe de la Unión Soviética y con la formación de los nuevos estados del antiguo bloque soviético, puesto que la uniformidad impuesta por el comunismo desapareció dando lugar a las antiguas etnias tradicionales. Y a partir del peligro Al Qaeda las fronteras han multiplicado su control y afirmado su selección.

Es cierto que en Europa las fronteras han reducido su voluntad de exclusividad. Sin embargo y únicamente para los ciudadanos de la UE; puesto que para todos los demás, y con especial atención a los miembros de los países en vías de desarrollo,la restricción a que se ven sometidos es directamente proporcional al número de los que pretenden atravesar la frontera.

Europa, posiblemente por la falta de experiencia histórica en la recepción de migraciones -a nadie se le ocurría emigrar a Europa ya que eran los europeos los que emigraban a otras tierras- no encuentra un modo digno y adecuado de recibir a los miles de emigrantes que llegan a las puertas de la UE para huir del hambre, la injusticia y la privación. La UE en lugar de considerar seriamente y con eficacia una estrategia adecuada, se ha preservado de la nube de langosta africana construyendo muros reales y simbólicos como tantos de los que separan Estados Unidos de México, Israel de Palestina, Pakistán de Afganistán, Venezuela de Colombia, México de Guatemala, Rusia de Ucrania, Nicaragua de Costa Rica, etc.

Estos nuevos muros, imperceptibles para quienes no quieren atravesarlos; estos muros que, como afirma Juan Goytisolo, se esconden bajo los epítetos de perímetros disuasivos, vallas de contención o sistemas perfeccionados de vigilancia electrónica. Estos muros, más que contener la avalancha de los sin identidad, parecen construidos para castigar a los que se resisten a sobrevivir en condiciones inhumanas. En estos muros se practica la misma caza que la policía de la República Democrática alemana solía practicar con los que huían de ella; un deporte que en Estados Unidos, tan dados a nombrar todas las cosas, es conocido como hunting illegals.

Estos muros fronterizos unos tienen 650 kilómetros de largo y son un espeso bloque de cemento armado, de ocho metros de altura, como el de Israel. Otros 144 , como el antiguo muro de Berlín. Otros deberían tener 254 como el de Nicaragua. O 4,8 como el de la frontera de San Diego (California). O 500 como el de Arizona. O 10 kilómetros como el de Melilla que, según el proyecto inicial, consiste en la erección "de dos vallas distanciadas entre sí por un espacio de cinco metros, con una carretera en medio para el personal de vigilancia". Las vallas tendrán una longitud de 10 kilómetros y una altura de tres metros, es "una valla diáfana, de acero reforzado, que podrá ser vista desde ambos lados". En la parte interior de la misma, según la descripción del mismo proyecto "se instalarán sistemas ópticos de vigilancia, con 70 cámaras fijas, que facilitarán la observación de la zona". La labor protectora se completará "con sistemas sensores, acústicos y de fibra óptica para impermeabilizar el control del perímetro fronterizo".

Esta alta tecnificación de la frontera de Melilla no contó con la imaginación de los subsaharianos que con rudimentarias escaleras treparon las vallas; unos lograron atravesarlas, con los pies y las manos rotas, otros se quedaron en el intento, otros murieron (12 según las autoridades españolas). Y los más sufrieron el acoso, la represión y la tortura en los campamentos marroquíes, para más tarde sacarlos esposados de dos en dos, en destartalados autobuses, y mandarlos al Sáhara Occidental, en pleno desierto, en una zona disputada desde hace años con el Frente Polisario que la reclama, y donde Marruecos ha levantado otro muro entre el Sáhara Occidental y Argelia. Muchos de ellos llevaban más de dos años recorriendo África para llegar a un muro de espinos donde dejar la piel y abandonar toda esperanza.

Y sin embargo nadie puede detener esta avalancha humana que huye de un infierno para caer en otro, donde se obtiene la seguridad personal a expensas de la libertad colectiva y donde el bienestar, que creemos perdurable, nos hace olvidar que la existencia es vida de frontera. Con otros riesgos, tal vez, y otras perspectivas, pero lugar de paso, frontera.

 

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