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Ética, política y derecho

Ética, política y derecho
En el mundo de la globalización, las fronteras políticas no encuentran ya justificaciones éticas
 

Los sociólogos ven en la frontera tanto una fuente de seguridad como un síntoma de precariedad
 

DANIEL GAMPER - 09/11/2005


El debate sobre la frontera se dirime en la frontera entre ética, política y derecho. Las comunidades humanas que han afirmado su identidad por oposición a los otros han tenido que coexistir con los discursos que cuestionaban la legitimidad de esta separación. Tal vez esta tensión no era tan manifiesta mientras en la arena internacional se mantenía el modelo westfaliano que garantizaba tanto la soberanía territorial como un control exhaustivo de la permeabilidad fronteriza. Pero la mundialización ha venido a trastocar en sus aspectos esenciales esta consideración territorial de las fronteras. De ahí que la reflexión contemporánea acerca de la frontera sea vacilante y oscile entre extremos, pues el fenómeno del que hay que rendir cuentas no puede ser observado aún con una mínima distancia crítica.

Cualquier reflexión sobre la frontera en la actualidad acepta su carácter contingente e histórico. Como señala el diplomático y geógrafo francés, Michel Foucher, desde 1990 hemos asistido sólo en Europa a la creación de 14.000 nuevos kilómetros de fronteras; en algunos casos fruto de guerras internacionales o civiles, en otros casos resultado de acuerdos. Al mismo tiempo, en la Unión Europea las fronteras dejan de desempeñar algunas de sus funciones tradicionales. Ambas tendencias evidencian que las fronteras están sometidas al vaivén de la historia humana y que, por tanto, no deben representar una limitación para el estudio filosófico-político.

Europa es el escenario en el que se concentran los discursos sobre la frontera y la identidad. George Steiner no propone un acercamiento geográfico-territorial a Europa, inclinándose, antes bien, por sus prácticas culturales comunes. Tzvetan Todorov, por su parte, sostiene que la civilización europea no puede ser reducida a criterios sociopolíticos, económicos, demográficos o culturales, sino que su peculiaridad radica en su crítica de sí misma, que le permite acoger en su seno a los extranjeros sin asimilarlos plenamente otorgándoles las garantías legales para que puedan desarrollarse de manera autónoma.

Es justamente esta tendencia a contemplarse a sí mismo desde la mirada del extranjero la que ha influenciado profundamente a los pensadores de la frontera. Es la ética, entendida como la puesta en cuestión de la moralidad vigente y de los prejuicios de la propia cultura, la que socava los cimientos políticos de la frontera. Acorde con esta exigencia, Étienne Balibar aboga por una desacralización de las fronteras para que aquellos que las cruzan sean tratados en conformidad con los derechos humanos y no de acuerdo con los ritos y formalidades aduaneros vigentes.

La frontera es vista como un sistema selectivo que divide a las personas entre ciudadanos y seres humanos, reproduciendo así la estructura de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789, como destaca Giorgio Agamben en su Homo sacer. Frente al realismo político y la legalidad jurídica que aceptan y refuerzan esta división ilegítima, Seyla Benhabib aboga por una consideración porosa de las fronteras y por la aplicación de gran parte de los derechos de ciudadanía a los meros seres humanos, algo que, por otra parte, ya sucede en algunos países de la Unión Europea. El intransigente imperativo ético que afirma la igual dignidad de todos los seres humanos y también la, más pedestre pero también más efectiva, hospitalidad, se resisten a aceptar la diferencia sobre la que se edifica la mencionada declaración, pues supone que las personas son tratadas desigualmente como resultado de circunstancias contingentes. Sin embargo, Benhabib no defiende la desaparición de las fronteras pues sostiene que esto conduciría a una desaparición de un demos cohesionado y sólido en sus convicciones que es el requisito para que se pueda hablar de democracia.

Los filósofos que discurren sobre la frontera deben encajar, pues, el realismo político que acepta la realidad de las fronteras y actúa en consecuencia, de una parte, con los principios éticos que se aplican más allá de las fronteras, de la otra. Bajo el epígrafe cosmopolitismo se reúnen los esfuerzos filosóficos que, siguiendo la tradición ilustrada, aspiran a debilitar la política de hechos consumados.

En esta línea hay que citar a Thomas Pogge, Jürgen Habermas, David Held o Martha Nussbaum, que, en diferentes grados, recuperan la tradición universalista y cosmopolita de la filosofía para aplicarla al ámbito jurídico. No es pues extraño que acaben defendiendo un derecho internacional sólido en una federación mundial de naciones, como la propuesta hace algo más de doscientos años por Kant en Hacia la paz perpetua. En un mundo en el que las fronteras políticas no encuentran ya justificaciones éticas tan sólo cabe desear un derecho internacional que, sin alterar de raíz el principio de territorialidad, permita extraer las mejores consecuencias de la globalización.

Los sociólogos, menos dados a la normatividad, ven en la frontera una fuente de seguridad y un síntoma de precariedad. Es el caso, por ejemplo, de Zygmunt Bauman que interpreta la obsesión moderna por la seguridad, la profusión de cámaras de videovigilancia y la altura creciente de los muros separadores, como cifras de la ausencia de vínculos sociales fiables y de identidades fijas. En cambio, Craig Calhoun ve la supervivencia de las identidades nacionales y de los sentimientos de pertenencia compartida como un antídoto frente a las elitistas y disgregadoras seducciones del cosmopolitismo.

Tratar de fronteras es tratar de la guerra y de su correlato, la paz. Hans Joas aplica la sociología para destacar que la guerra, el frente de guerra, la frontera, es un fenómeno jurídico y moral, (i) legal e (i) legítimo, y no sólo visceral o animal como, al parecer, pensaba Thomas Hobbes. Al respecto Michael Walzer escribió un libro sensacional: Guerras justas e injustas.

La frontera de las fronteras se halla hoy en el territorio que ocupan las entidades llamadas Israel y Palestina. Todo ese territorio es fronterizo, según el arquitecto y teórico israelí, Eyal Weizman. Como en el lejano Oeste.

 

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