Lugar / No-lugar
Lugar / No-lugar
Entre el paso y el muro, la herida
Europa ha aportado la idea de humanidad universal, pero también el modelo de una identidad autista
XAVIER ANTICH - 09/11/2005
No existe delimitación sin exclusión, como no se da identidad sin un centrifugado de lo considerado como otro y, en cuanto tal, ajeno. Por eso, una frontera es siempre, ha sido siempre, una cicatriz, el rastro siempre doloroso de una herida más o menos abierta. Podrá ser, en ocasiones, la frontera, lugar de paso, cruce e intercambio: un no-lugar indefinido por la mezcla, por el borrado de las identidades compactas, por el tránsito, de un lado a otro, de lenguas, culturas, mercancías y poblaciones. Pero más a menudo, sin embargo, la frontera se ha definido por su impenetrabilidad, por la voluntad de cierre y por el repliegue, de lo propio hacia dentro, y por la excentricidad hacia fuera de lo considerado como ajeno. Por eso toda frontera lleva, en su propia historia, la traza de un doble movimiento, contradictorio, de protección y exclusión. Y, con todo, siendo como es, siempre, herida, la frontera no puede sobreponerse, a pesar de muros y rejas, alambradas y controles, a su naturaleza de intermediación, de intersticio. Una frontera no se cierra como pueden cerrarse, por ejemplo, un concepto o una prisión. Su naturaleza, en el espacio, tanto si pretende impedir que alguien se salga como que alguien entre, inscribe siempre, de forma topográfica, una geografía del miedo, una alergia ante la diferencia. Y es que la frontera, en esencia, es, de forma radical, el espacio de la diferencia, donde toda identidad, a pesar de las protecciones, se diluye y deshilacha.
Europa ha aportado al mundo, como ya señaló Husserl en 1935, la idea de una humanidad universal, la aspiración a sobrepasar lo propio en un horizonte compartido de diferencias. Pero también, como el reverso siniestro de este ideal propiamente ilustrado, Europa también ha exportado al mundo el modelo de una identidad autista, plegada frente a lo considerado como diferente: la frontera, marca física de lo que ya no se quiere asumir como propio. Y cuando una frontera delimita, como lo pretenden hacer actualmente las llamadas fronteras calientes, un espacio que se quiere cerrado y separado de los otros exteriores, entonces, por fuerza, lo que queda en el exterior es sentido como amenaza. Esto es parte del legado de Europa, contradictorio, pero que hoy podemos rastrear, más con dolor que con esperanza, por toda la geografía del planeta.
Europa se ha ido constituyendo como un entramado de delimitaciones históricas, ensayadas por sucesivas dicotomías, con las que ha ido definiendo algo que no es sino un residuo. Y así, con cada delimitación, un nuevo tajo: primero respecto del Oeste, con el proceso griego de barbarización del imperio persa; después respecto del Sur, recluyendo al mundo musulmán en el sur del Mediterráneo; y, más adelante, ya en el interior de la cristiandad, frente a Bizancio y lo que constituirá el Este ortodoxo. Al final, el rostro de Europa ha quedado surcado por cicatrices, como señaló Rémi Brague, vestigios de las heridas que la han constituido tal como es. La doble lección de Europa, así, es localizable, en todas sus contradicciones, en primer lugar, en la propia inscripción de sus actuales fronteras y, también, por supuesto, en esas otras delimitaciones que, alejadas de las fronteras europeas, marcan territorios con nuevas heridas, siempre renovadas, de la exclusión.
Últimamente, algunos de los artistas más lúcidos de nuestro tiempo han convertido la frontera en el ámbito de exploración de todas nuestras contradicciones. Y han ido dejando, aquí y allá, el testimonio diverso de esas heridas, todavía abiertas, en las que aquella doble dinámica dibuja los nuevos mapas en los que se expresan todos los miedos - y buena parte de las barbaridades- de nuestra época. Así lo ha hecho Yto Barrada, en sus desoladoras fotografías, con algunos magrebíes de espaldas, contemplando, con una tristeza infinita, desde Tánger o Tetuán, la costa, más lejana que nunca, de la Península, esa que, para ellos, aparece como la puerta de Europa y, también, de un mundo soñado. En la misma frontera, Ursula Biemann y Angela Sanders han explorado el tránsito y el movimento de personas, a través del Estrecho, como el desplazamiento, físico y corporal, de nuevas formas de economía, las mismas que, a menudo, desde la abstracta geopolítica de la globalización, se interpretan, equívocamente, como desplazamiento exclusivamente monetario y mercantil, como puro número. Y Chantal Akerman, en su película De l´autre côté,ha fijado, de forma dramática y con el aire teñido de miedos y esperanzas, imágenes inolvidables, a lado y lado de la frontera entre México y Estados Unidos, de unas complejas y diversificadas formas de pertinencia a ese territorio híbrido, aunque supuestamente clausurado: un territorio cruzado por ilusiones y amenazas, y surcado, de noche, por hileras de poblaciones migrantes que caminan aterradas en la célebre y estremecedora secuencia policial, teñida de infrarojos. El mismo temor que adivinamos en esas piernas, fotografiadas por Alfredo Jaar, que atraviesan Río Grande y se dirigen, presas de un temblor impreciso, hacia un Norte tan próximo y, a la vez, tan lejano. Y el mismo temor que, desde Ashod, en el sur de Israel, hasta Schefer, en la frontera con el Líbano, recorren las cámaras de Eyal Sivan y Michel Khleifi en su película Ruta 181,siguiendo lafrontera virtual, nunca respetada, con la que Naciones Unidas dibujó en 1947 la partición de Palestina y que hoy aparece, a la sombra del hasta ahora último de los nuevos muros, como un espectro terrible con el que hemos entrado en el siglo XXI.Nuevas y viejas fronteras: el futuro vuelve a empezar aquí. Ahora.
Entre el paso y el muro, la herida
Europa ha aportado la idea de humanidad universal, pero también el modelo de una identidad autista
XAVIER ANTICH - 09/11/2005
No existe delimitación sin exclusión, como no se da identidad sin un centrifugado de lo considerado como otro y, en cuanto tal, ajeno. Por eso, una frontera es siempre, ha sido siempre, una cicatriz, el rastro siempre doloroso de una herida más o menos abierta. Podrá ser, en ocasiones, la frontera, lugar de paso, cruce e intercambio: un no-lugar indefinido por la mezcla, por el borrado de las identidades compactas, por el tránsito, de un lado a otro, de lenguas, culturas, mercancías y poblaciones. Pero más a menudo, sin embargo, la frontera se ha definido por su impenetrabilidad, por la voluntad de cierre y por el repliegue, de lo propio hacia dentro, y por la excentricidad hacia fuera de lo considerado como ajeno. Por eso toda frontera lleva, en su propia historia, la traza de un doble movimiento, contradictorio, de protección y exclusión. Y, con todo, siendo como es, siempre, herida, la frontera no puede sobreponerse, a pesar de muros y rejas, alambradas y controles, a su naturaleza de intermediación, de intersticio. Una frontera no se cierra como pueden cerrarse, por ejemplo, un concepto o una prisión. Su naturaleza, en el espacio, tanto si pretende impedir que alguien se salga como que alguien entre, inscribe siempre, de forma topográfica, una geografía del miedo, una alergia ante la diferencia. Y es que la frontera, en esencia, es, de forma radical, el espacio de la diferencia, donde toda identidad, a pesar de las protecciones, se diluye y deshilacha.
Europa ha aportado al mundo, como ya señaló Husserl en 1935, la idea de una humanidad universal, la aspiración a sobrepasar lo propio en un horizonte compartido de diferencias. Pero también, como el reverso siniestro de este ideal propiamente ilustrado, Europa también ha exportado al mundo el modelo de una identidad autista, plegada frente a lo considerado como diferente: la frontera, marca física de lo que ya no se quiere asumir como propio. Y cuando una frontera delimita, como lo pretenden hacer actualmente las llamadas fronteras calientes, un espacio que se quiere cerrado y separado de los otros exteriores, entonces, por fuerza, lo que queda en el exterior es sentido como amenaza. Esto es parte del legado de Europa, contradictorio, pero que hoy podemos rastrear, más con dolor que con esperanza, por toda la geografía del planeta.
Europa se ha ido constituyendo como un entramado de delimitaciones históricas, ensayadas por sucesivas dicotomías, con las que ha ido definiendo algo que no es sino un residuo. Y así, con cada delimitación, un nuevo tajo: primero respecto del Oeste, con el proceso griego de barbarización del imperio persa; después respecto del Sur, recluyendo al mundo musulmán en el sur del Mediterráneo; y, más adelante, ya en el interior de la cristiandad, frente a Bizancio y lo que constituirá el Este ortodoxo. Al final, el rostro de Europa ha quedado surcado por cicatrices, como señaló Rémi Brague, vestigios de las heridas que la han constituido tal como es. La doble lección de Europa, así, es localizable, en todas sus contradicciones, en primer lugar, en la propia inscripción de sus actuales fronteras y, también, por supuesto, en esas otras delimitaciones que, alejadas de las fronteras europeas, marcan territorios con nuevas heridas, siempre renovadas, de la exclusión.
Últimamente, algunos de los artistas más lúcidos de nuestro tiempo han convertido la frontera en el ámbito de exploración de todas nuestras contradicciones. Y han ido dejando, aquí y allá, el testimonio diverso de esas heridas, todavía abiertas, en las que aquella doble dinámica dibuja los nuevos mapas en los que se expresan todos los miedos - y buena parte de las barbaridades- de nuestra época. Así lo ha hecho Yto Barrada, en sus desoladoras fotografías, con algunos magrebíes de espaldas, contemplando, con una tristeza infinita, desde Tánger o Tetuán, la costa, más lejana que nunca, de la Península, esa que, para ellos, aparece como la puerta de Europa y, también, de un mundo soñado. En la misma frontera, Ursula Biemann y Angela Sanders han explorado el tránsito y el movimento de personas, a través del Estrecho, como el desplazamiento, físico y corporal, de nuevas formas de economía, las mismas que, a menudo, desde la abstracta geopolítica de la globalización, se interpretan, equívocamente, como desplazamiento exclusivamente monetario y mercantil, como puro número. Y Chantal Akerman, en su película De l´autre côté,ha fijado, de forma dramática y con el aire teñido de miedos y esperanzas, imágenes inolvidables, a lado y lado de la frontera entre México y Estados Unidos, de unas complejas y diversificadas formas de pertinencia a ese territorio híbrido, aunque supuestamente clausurado: un territorio cruzado por ilusiones y amenazas, y surcado, de noche, por hileras de poblaciones migrantes que caminan aterradas en la célebre y estremecedora secuencia policial, teñida de infrarojos. El mismo temor que adivinamos en esas piernas, fotografiadas por Alfredo Jaar, que atraviesan Río Grande y se dirigen, presas de un temblor impreciso, hacia un Norte tan próximo y, a la vez, tan lejano. Y el mismo temor que, desde Ashod, en el sur de Israel, hasta Schefer, en la frontera con el Líbano, recorren las cámaras de Eyal Sivan y Michel Khleifi en su película Ruta 181,siguiendo lafrontera virtual, nunca respetada, con la que Naciones Unidas dibujó en 1947 la partición de Palestina y que hoy aparece, a la sombra del hasta ahora último de los nuevos muros, como un espectro terrible con el que hemos entrado en el siglo XXI.Nuevas y viejas fronteras: el futuro vuelve a empezar aquí. Ahora.
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