Todos estábamos equivocados
Todos estábamos equivocados
David Kay, inspector norteamericano encargado de buscar las armas de destrucción masiva tras la caída del régimen de Sadam, ha dejado su cargo reconociendo que no han encontrado nada. Es más, afirma que seguramente nunca existieron esas armas y declara: todos estábamos equivocados. ¿¿TODOS??
Millones de ciudadanos de a pie salieron a la calle, en la primera manifestación globalizada de la Historia, para decir no a la guerra. Juan Pablo II se agotó en un denodado intento de frenar una inercia enloquecida. El inspector Blix pidió más tiempo ante el Consejo de Seguridad de la ONU. Mohamed El Baradei, director del Organismo Internacional para la Energía Atómica resumió con claridad: "no tenemos pruebas de que Irak tenga armas nucleares".
¿Se equivoco, entonces, el gobierno norteamericano? Parece más bien que, tras el 11-S, se había decidido ya que Sadam debía tener esas armas. Los neoconservadores del Departamento de Defensa, encabezados por Rumsfeld y Wolfowitz, no dudaron en adaptar la realidad a unas conclusiones formuladas previamente. Con ese objetivo crearon, todavía en 2001, una unidad especial del Pentágono dirigida por David Wurmser, como explica detalladamente Carlos Fresneda en El Mundo.
Pero ninguna manipulación, por bien organizada que esté, resiste el paso del tiempo. Casi nadie discute ya, por ejemplo, la inocencia de España en el hundimiento del Maine, mero pretexto de Estados Unidos para iniciar la guerra de 1898. Ahora, disipada la propaganda bélica y derribado el régimen de Sadam, se va abriendo paso la verdad: ni hay armas de destrucción masiva, ni existió vínculo alguno entre el régimen laico de Sadam y el terror fundamentalista de Al Qaeda.
Ante estos hechos ¿qué dicen los que promovieron la guerra preventiva contra Irak? Algunos culpan a los informes de los servicios secretos. Sin embargo, se deben recordar las airadas quejas de la propia CIA. Los chicos de Rumsfeld ejercieron una fuerte presión sobre sus analistas. Era decisivo que cargaran la mano en los datos que Powell había de exponer ante el Consejo de Seguridad de la ONU.
Otros repiten que la guerra ha sido el alto precio de un farol de Sadam. Habría hecho creer a la comunidad internacional que efectivamente tenía esas armas. Pero ¿era creíble su envite? En realidad resultaba inverosímil que Irak hubiese acumulado un arsenal de armas de destrucción masiva tras la severa derrota de 1991. Se encontraba bajo riguroso embargo internacional y con los aviones norteamericanos sobre su espacio aéreo. No justifico a un tirano si llamo, además, la atención sobre el hecho de que los inspectores permanecieron en Irak nada menos que ocho años, de 1991 a 1998. Regresaron en 2002, tras la célebre resolución 1441. En su último informe ante el Consejo de Seguridad, entre ambigüedades diplomáticas, quedó claro que no habían encontrado armas de destrucción masiva.
Ante la contundencia de los hechos resta todavía una última postura: el cinismo. Y hace falta una buena dosis para afirmar que lo importante no era la existencia de esas armas sino la caída del viejo dictador. Tanta desfachatez merecería que se cumpliera el vaticinio del embajador español en la ONU, Inocencio Arias: si estábamos buscando las armas de destrucción masiva, que fue la razón principal por la que España actuó, y esas armas no aparecen, todo se pondría en tela de juicio.
Alvaro Matud Juristo
David Kay, inspector norteamericano encargado de buscar las armas de destrucción masiva tras la caída del régimen de Sadam, ha dejado su cargo reconociendo que no han encontrado nada. Es más, afirma que seguramente nunca existieron esas armas y declara: todos estábamos equivocados. ¿¿TODOS??
Millones de ciudadanos de a pie salieron a la calle, en la primera manifestación globalizada de la Historia, para decir no a la guerra. Juan Pablo II se agotó en un denodado intento de frenar una inercia enloquecida. El inspector Blix pidió más tiempo ante el Consejo de Seguridad de la ONU. Mohamed El Baradei, director del Organismo Internacional para la Energía Atómica resumió con claridad: "no tenemos pruebas de que Irak tenga armas nucleares".
¿Se equivoco, entonces, el gobierno norteamericano? Parece más bien que, tras el 11-S, se había decidido ya que Sadam debía tener esas armas. Los neoconservadores del Departamento de Defensa, encabezados por Rumsfeld y Wolfowitz, no dudaron en adaptar la realidad a unas conclusiones formuladas previamente. Con ese objetivo crearon, todavía en 2001, una unidad especial del Pentágono dirigida por David Wurmser, como explica detalladamente Carlos Fresneda en El Mundo.
Pero ninguna manipulación, por bien organizada que esté, resiste el paso del tiempo. Casi nadie discute ya, por ejemplo, la inocencia de España en el hundimiento del Maine, mero pretexto de Estados Unidos para iniciar la guerra de 1898. Ahora, disipada la propaganda bélica y derribado el régimen de Sadam, se va abriendo paso la verdad: ni hay armas de destrucción masiva, ni existió vínculo alguno entre el régimen laico de Sadam y el terror fundamentalista de Al Qaeda.
Ante estos hechos ¿qué dicen los que promovieron la guerra preventiva contra Irak? Algunos culpan a los informes de los servicios secretos. Sin embargo, se deben recordar las airadas quejas de la propia CIA. Los chicos de Rumsfeld ejercieron una fuerte presión sobre sus analistas. Era decisivo que cargaran la mano en los datos que Powell había de exponer ante el Consejo de Seguridad de la ONU.
Otros repiten que la guerra ha sido el alto precio de un farol de Sadam. Habría hecho creer a la comunidad internacional que efectivamente tenía esas armas. Pero ¿era creíble su envite? En realidad resultaba inverosímil que Irak hubiese acumulado un arsenal de armas de destrucción masiva tras la severa derrota de 1991. Se encontraba bajo riguroso embargo internacional y con los aviones norteamericanos sobre su espacio aéreo. No justifico a un tirano si llamo, además, la atención sobre el hecho de que los inspectores permanecieron en Irak nada menos que ocho años, de 1991 a 1998. Regresaron en 2002, tras la célebre resolución 1441. En su último informe ante el Consejo de Seguridad, entre ambigüedades diplomáticas, quedó claro que no habían encontrado armas de destrucción masiva.
Ante la contundencia de los hechos resta todavía una última postura: el cinismo. Y hace falta una buena dosis para afirmar que lo importante no era la existencia de esas armas sino la caída del viejo dictador. Tanta desfachatez merecería que se cumpliera el vaticinio del embajador español en la ONU, Inocencio Arias: si estábamos buscando las armas de destrucción masiva, que fue la razón principal por la que España actuó, y esas armas no aparecen, todo se pondría en tela de juicio.
Alvaro Matud Juristo
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