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En la prensa

El final de un modelo por DANIEL INNERARITY

TRIBUNA: DANIEL INNERARITY

 

El final de un modelo  

 

DANIEL INNERARITY

 

EL PAÍS  -  Opinión - 13-11-2005

 

 

Muchas son las cosas que parecen dar la razón a quienes sostienen que la política ya no es lo que era. Entre ellas, las más provocadoras, las que más reclaman pensar la política y hacerla de otra manera, suelen figurar las asignaturas que se creían aprobadas y que reaparecen desafiando nuestra cómoda normalidad. Nada hay que cause más perplejidad que la persistencia de las cuestiones que se refieren a la identidad y que aparecen vinculadas con nuevas exigencias de reconocimiento y equidad. Al irritado por esta reaparición, a quien desearía que la agenda política fuera otra distinta, le vendría bien saber que las cosas han sido siempre así y que no hay motivos para pensar que algún día dejaremos definitivamente de discutir sobre asuntos como quiénes somos nosotros, quiénes y cómo decidimos, a quién hemos dejado fuera, o si es aún válida la idea de igualdad con la que funcionamos. De esto se trataba, a lo largo de los siglos XIX y XX, en la lucha contra la discriminación racial, en el combate por los derechos sociales o cuando surgieron las exigencias de igualdad de género en una sociedad que no percibía esas exclusiones, en la que se creía, por la ceguera de la costumbre o por interés en mantener la dominación, que todos votaban o tenían las mismas oportunidades. Cada uno de estos descubrimientos, ya fueran el resultado de pacíficos debates o de costosas conquistas, derribaba otros modelos de identidad, decisión e integración social, y los reformulaba de acuerdo con una idea de igualdad más compleja y equilibrada.

 

Pensemos ahora en dos debates actuales muy diversos pero similares en cuanto a la exigencia de reformular las condiciones de la construcción social. Muchos considerarán que el debate territorial estaba cerrado en España, como creían los franceses que la neutralidad republicana aseguraba la integración de los emigrantes. Tampoco es nuevo este desconcierto; todavía hay quien juzga actualmente superflua la paridad de género o la extensión de derechos, del mismo modo que los liberales del XIX consideraron innecesaria la formulación expresa de derechos sociales. Las nuevas demandas de autogobierno y los problemas planteados por la inmigración son asuntos que, con toda su heterogeneidad, vuelven a formular aquella vieja pregunta acerca de si somos todos los que estamos. Son cuestiones que podemos resolver bien o mal, pero que hay que saber identificar correctamente como expresión de una crisis que afecta a los procedimientos de integración propios del Estado nacional clásico y ponen en cuestión el modo como se ha venido entendiendo hasta ahora el vínculo social. Responden al agotamiento de un modelo de integración que se configuró de acuerdo con los principios de neutralidad, homogeneidad e igualdad abstracta. Y nos exigen reabrir el dossier del pluralismo cultural y político.

 

Lo que se ha acabado es el proyecto de igualar las condiciones poniendo sistemáticamente entre paréntesis todo tipo de diferencias. La tradicional distinción entre lo público y lo privado pretendía configurar un espacio público que funciona por renuncia de los individuos a su identidad, mediante la abstracción pública de la identidad. Era éste un modelo basado en el prejuicio de pensar que para constituir al otro como igual debíamos necesariamente hacer tabla rasa de lo que nos distingue de aquel que consideramos como semejante. Ese procedimiento de supresión de las diferencias ha sido indudablemente un factor de progreso en la ruptura con la sociedad del antiguo régimen, estructurada a base de ordenamientos de jerarquía y privilegios. Hay un momento de abstracción de las diferencias que resulta indispensable para pensarnos como semejantes, por encima y al margen de todo contexto. Pero el problema es saber si este procedimiento está en condiciones de gestionar el pluralismo de las sociedades contemporáneas. En mi opinión, este modelo tiene que ser completado o transformado para hacer frente a los desafíos que, en materia de integración social y política, de reconocimiento y articulación de los equilibrios territoriales, plantea el nuevo pluralismo. El gran desafío del mundo actual consiste en cómo articular la convivencia en sociedades profundamente plurales, evitando a la vez el modelo comunitarista y el modelo de la privatización de las identidades.

 

Que la idea de igualdad abstracta no da más de sí es algo que se percibe en su escasa capacidad de integración, cada vez más patente. La adhesión a principios jurídicos y políticos no basta para asegurar la cohesión del vínculo social y crear las condiciones de una pertenencia común o de una ciudadanía compartida. La experiencia histórica nos enseña tercamente que cuando la construcción del Estado se lleva a cabo pensando que para avanzar hacia lo común es necesario situarse radicalmente más allá de las diferencias, el resultado es que las diferencias son expulsadas de la esfera pública y lo propio se afirma frente a lo común. Tarde o temprano, la negación pública de aquello que nos diferencia termina siendo percibida como una forma de exclusión, especialmente por aquellos que sienten como una desigualdad el lugar que se les adjudica en la circulación de las oportunidades sociales o en el reparto del poder.

 

Las demandas de equidad han dado últimamente un giro imprevisto y nos exigen una nueva formulación de la igualdad que podría sintetizarse así: hay que volver a valorar las diferencias para avanzar en la lógica de la igualdad. La misma dinámica de la democratización que exige radicalizar la igualdad es la que nos conduce a entender la identidad como política y culturalmente diferenciada. No podemos poner entre paréntesis las diferencias reales si queremos reconocerlas en pie de igualdad, por ejemplo, entre hombres y mujeres o entre miembros de grupos culturales que afirman sus identidades respectivas o entre comunidades con distintas aspiraciones de autogobierno. Son diferencias que han de ser reconocidas en igualdad, ciertamente, pero en tanto que diferencias. Los emigrantes, las mujeres, las diversas minorías, las comunidades que reclaman un mayor autogobierno no demandan privilegios, sino que el Estado mantenga efectivamente sus promesas de neutralidad. Dicho de otra manera, en una analogía propuesta por Michael Walzer: que se separe de la nacionalidad, del mismo modo que consiguió separarse de la religión, tras los conflic

 

tos interreligiosos que marca-ron el comienzo de la modernidad, y corrija así los perjuicios causados por el privilegio concedido a una identidad que se suponía homogénea. Por eso me parece que hay una coherencia de fondo cuando se impulsa al mismo tiempo la extensión de derechos sociales, la paridad de género, el reconocimiento de los derechos de las minorías y la profundización en el pluralismo político que se apunta en el proyecto de la España plural.

 

Estamos ante una transformación de la política exigida por la profundización en el pluralismo social. En el mundo contemporáneo se ha producido un gran desplazamiento que es preciso tomar en cuenta para configurar realidades tan valiosas como el mundo común, lo público o la laicidad con el fin de integrar en ellas las diferencias y no simplemente neutralizarlas; no se trata de erradicarlas, sino de reconocerlas bajo un régimen de igualdad. Nuestro mayor desafío consiste en integrar al individuo no ya por la privatización de sus pertenencias, sino por el reconocimiento público de su identidad diferenciada, tanto desde el punto de vista del género, como desde su dimensión cultural o su identificación con una determinada comunidad política.

 

Éste es el gran dilema al que nos enfrentamos, la cuestión que mayores esfuerzos de imaginación y creatividad política nos va a exigir en los años venideros: avanzar en la extensión de los derechos completando el paso del universalismo abstracto de los derechos políticos al universalismo concreto de los derechos sociales y culturales. Quien se sienta desbordado por la tarea puede, si le consuela, echar la culpa de tan incómoda agenda a los emigrantes, a las mujeres o a Maragall, y puede recitar el formulario tradicional de la soberanía, que los problemas le seguirán aguardando con toda su complejidad.

 

Daniel Innerarity, profesor de Filosofía en la Universidad de Zaragoza, es ganador del Premio Espasa de Ensayo por su obra La sociedad invisible

 

 

La revolución nihilista por JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS

La revolución nihilista

 

POR JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS

 

 

... El propio sistema intelectual francés ofrece a los alborotadores la coartada que les ayuda a encontrar un determinado sentido a su salvajismo. Se trata de un nuevo error de planteamiento derivado de la ausencia de compromiso intelectual con «nuestro agredido estilo de vida»...

LOS pirómanos de los banlieue son muchachos -lo han dicho ellos mismos- sans foi et sans loi, es decir, sin fe y sin ley, lo que, aparentemente, vacía de significado convencional su salvaje protesta. Cuando una explosión de violencia se escurre a cualquier análisis capaz de explicarla de manera convincente, al miedo que provoca se añade la confusión. Los análisis que estos días pueden leerse en la prensa francesa y española, suscritos por intelectuales de notable hondura, se refieren al fracaso del modelo de integración francés de la inmigración como el origen de este vandalismo que azota París y otras ciudades francesas.

La mayoría de estos textos incurre en la autoinculpación de la propia sociedad francesa absolviendo así de responsabilidad sustantiva a los insurrectos y a los, que, seguramente están detrás de ellos. De tal forma que es el propio sistema intelectual francés -extensible al occidental- el que ofrece a los alborotadores la coartada que les ayuda a encontrar un determinado sentido a su salvajismo. Se trata de un nuevo error de planteamiento derivado de la ausencia de compromiso intelectual con eso que Tony Blair definió como «nuestro agredido estilo de vida» a las pocas horas de que terroristas islamistas causaran la tragedia del 7 de julio en Londres.

La enajenación de la realidad ha sido, y lo sigue siendo, una práctica casi constante en la intelectualidad gala capaz de celebrar ruidosamente el ensayo sobre «la descomposición del sistema americano» elaborado por Emmanuel Todd («Après L´Empire»), al mismo tiempo que el lúcido Nicolás Baverez publicaba, en medio de la reticencia general, «La France qui tombe». Los hechos están dando la razón a Baverez, pero también a Jean F. Revel y, desde luego, a André Glucksmann, que, aunque tenidos por muy próximos a las tesis neoconservadoras norteamericanas, se han limitado a desnudar su visión de los apriorismos ensoberbecidos con los que los pensadores galos han considerado siempre la superioridad de unos valores republicanos fallidos desde hace tiempo por los discursos demagogos de la izquierda y la derecha francesas como con oportunidad nos ha recordado desde esta página Juan Pedro Quiñonero.

Toda realidad convulsa y convulsiva tiene causas complejas, pero para alcanzar a determinarlas hay que adoptar una metodología que evite convertir a la víctima en verdugo y al verdugo en víctima. La condición de miserables que algunos publicistas han atribuido a los incendiarios no es suficiente para comprender su comportamiento vandálico. Todos los ciudadanos tienen derecho a que su ministro de Interior -y ahí ha cometido un grave error Sarkozy- no se refiera a ellos como racaille- chusma o escoria en nuestro idioma-, pero el desliz ministerial tampoco guarda relación con la reacción salvaje de los alborotadores. Porque si se diese por buena que la miseria o la inconveniencia de un ministro es interruptor suficiente para encender una asonada como la francesa, nuestro juicio colectivo patinaría de manera grave. Y es de temer que, en la discusión sobre el por qué de lo que ocurre, se pierda el presupuesto de hecho del que debe partir todo otro análisis: lo que sucede en Francia es una revolución nihilista que, casi por definición, consiste en un desafío a los valores y los códigos de la civilización. Gluscksmann lo advierte con claridad: «Destruyo, luego gozo y soy; el cogito nihilista se pretende autosuficiente. Hace porque deshace».

El nihilismo es una forma extrema de relativismo y éste -sea en lo moral como en lo político- es un signo de identidad de las entidades pensantes en las sociedades occidentales. Antes que indagar sobre el grado de bienestar material, o de indigencia, en el que se encuentran los arrabales de las grandes ciudades de Occidente, sería preciso escrutar con qué sentido de integración en los valores y principios cívicos y humanos se han acometido las políticas de inmigración. Porque podría resultar que hayamos querido lavar nuestra conciencia con aportaciones materiales pero sin transmitir a los inmigrantes nuestras creencias que, sin vigencia entre nosotros, han sido suplantadas por las más sólidas del islam o, como quizá ha ocurrido en Francia, por el vacío más absoluto.

El estricto cumplimiento de la ley, el respeto a la propiedad, la igualdad entre los hombres y las mujeres, la proscripción absoluta de cualquier antisemitismo, la democracia pluripartidista como sistema de representación política, el Estado aconfesional o laico como criterio de relación de los poderes públicos con las religiones en un marco de libertad de cultos, son, entre otros, vectores de ese «nuestro estilo de vida» que el multiculturalismo acomplejado, sea según el modelo francés de integración o el británico, no ha permitido que se inculque de manera indeleble en las comunidades inmigrantes en Europa. El coste de nuestra ausencia de afirmación en lo que somos y defendemos está siendo grande en Francia, pero lo ha sido igualmente en Holanda, en Gran Bretaña, en Austria y hasta en Alemania.

El nihilismo -el no creer en nada y realizarse en la destrucción- suele ser el terreno abonado para los constructores del odio. De un lado, para la xenofobia que, articulada políticamente en los países occidentales, desequilibra el sistema democrático y lo encanalla negando todos y cada uno de los valores que dice proteger; de otro, para el radicalismo islamista que extirpa a los inmigrantes de cualquier sentimiento de pertenencia o de ciudadanía en los Estados receptores y convierte en enemigos a los vecinos. La única defensa frente a ambas amenazas es la sustitución del vacío nihilista, que encauza también un discurso del odio, por un contenido afirmativo de creencias cívicas que no se relativicen en función de circunstancias o tactismos. Se nos comienza a avisar que hay un islamismo revolucionario infiltrado en las segundas y terceras generaciones de inmigrantes en Europa que, si logra articularse en el espacio libre que deja el nihilismo, podría poner en jaque los mecanismos de nuestra convivencia.

Los sucesos de Francia, como otros episodios trágicos de parecido signo, si no alcanzan un buen diagnóstico, previo a una correcta solución, amenazan con resquebrajar, más de lo que está, la comunidad de valores occidental que Europa comparte con América, y en particular, con los Estados Unidos. Allí, formas contundentes de integrismo religioso fuertemente vinculadas a opciones políticas conservadoras, encuentran en el fracaso de los modelos de convivencia europea una referencia para la reafirmación de sus propias recetas. Para muchos millones de americanos no sólo los vándalos de París son gentes sans foi et sans loi. Creen -¿con fundamento?- que aquellos a quienes los vándalos atacan y al sistema al que agreden tampoco tiene fe en sí mismo ni en sus leyes. En definitiva, que los pirómanos son los alumnos aventajados que han aprendido la lección nihilista del paternalismo multiculturalista occidental. Y así todo un proceso de destrucción -hace porque deshace- se pone en marcha a la espera suicida de que llegue el evangelio redentor de un ciclo histórico con pulsiones totalitarias. ¡Que tiempos tan sombríos!

 

 

 

André Glucksmann: «Chirac y los sindicatos franceses tienen igual mentalidad destructora que los incendiarios»

No estaré en Nueva York

LA VANGUARDIA
XAVIER SALA I MARTÍN - 17/03/2004

Estoy triste. Presencié los ataques del 11 de septiembre del 2001 en directo en Nueva York. Viví las explosiones, las sirenas, los llantos y los gritos, el derrumbe de las torres y el aterrador silencio que lo siguió. Sufrí, lloré y tuve miedo. Mucho miedo. Pensé que el mundo se había vuelto loco. El 11 de marzo del 2004, seguí los atentados de Madrid desde lejos, a través de la televisión, el teléfono, la radio e internet. A pesar de la distancia, sentí las explosiones, las sirenas los llantos y los gritos, y oí el silencio de la noche de Madrid. Volví a sufrir, volví a llorar y volví a tener miedo. Y ahora, pasados unos días, vuelvo a pensar que el mundo se ha vuelto loco. ¿Cómo puede haber personas que sean capaces de causar tanto sufrimiento a tantos ciudadanos inocentes con no se sabe qué objetivo? Una locura incomprensible.

Les decía que estoy triste. Por los atentados... y también por algunas de sus consecuencias. Me entristecieron los intentos del Gobierno de España de esconder información antes de las elecciones. Mientras toda la prensa independiente e internacional señalaba a Al Qaeda, el Gobierno insistía en la pista de ETA porque pensó que con ello ganaría las elecciones. Quien manipula la verdad sobre algo tan grave, quien piensa en los resultados de unas meras elecciones cuando trozos de cadáveres todavía se apelotonan en el depósito esperando ser identificados, es mezquino, despreciable e indigno. Y el pueblo no se lo ha perdonado.

Al otro lado del espectro, me entristeció ver a políticos “anti-PP” intentando manipular las mismas elecciones, dando por hechas cosas que todavía no se sabían, incitando a la gente a manifestarse el día de reflexión a través de cartas masivas enviadas por internet y hablando de “golpe de estado informativo”. Su insensibilidad es tan grande como la de los que intentaron la manipulación en sentido contrario.

También me entristecen los políticos españoles (principalmente aunque no únicamente del PP) que se han pasado años acusando de terrorista a todo el que discrepaba con la postura oficial. Han trivializado tanto la palabra “terrorista”, que ya no saben distinguir entre asesinos y contrincantes políticos. Y tan grande ha llegado a ser su ceguera, su fanatismo y su estupidez, que mientras ellos dedicaban su vida a buscar terroristas en el PNV, en ERC y en la Generalitat, los criminales se pasearon por Madrid, colocaron bombas a su antojo y asesinaron a centenares de ciudadanos inocentes. Señores del PP: ahora que ya ha pasado, ¿entienden la diferencia entre un terrorista y un adversario democrático?

Claro que también me entristecen los que, desde el otro lado y con la misma ligereza, llaman asesinos y terroristas a los miembros del Partido Popular. Muchos afirman que los atentados son la respuesta islámica a la participación de España en el conflicto de Iraq. Yo no sé si eso es cierto. Lo que sí sé es que España está en el punto de mira de Al Qaeda desde antes del comienzo de la guerra. El propio Bin Laden apuntó a España por haber expulsado a los musulmanes de Al Andalus ¡hace más de quinientos años! Es más, si los atentados de Al Qaeda son meras respuestas a la participación en la guerra, que me expliquen los atentados contra la ONU en Bagdad (¿no figuraba que era la institución que se había opuesto al gran satán americano?) o los de Estambul (¿no impidió Turquía el paso del ejército de EE.UU. justo antes de la invasión?). O que me explique alguien los atentados del 11-S, un año y medio antes de que empezara el conflicto de Bagdad.

Quizá la participación de España en la guerra de Iraq haya podido llevar a algunos terroristas a poner más énfasis en España. No digo que no. Pero que nadie se lleve a engaño y piense que retirando las tropas vamos a estar mucho más seguros. Y si el nuevo Gobierno del Estado quiere retirarlas, que lo haga porque eso es lo mejor para el país y no porque así lo demandan los terroristas. Porque, digan lo que digan éstos (y ellos hablan de Iraq, de defender a los pobres y de querer reducir las desigualdades entre ciudadanos del mundo), la verdadera razón por la que nos matan es que nos odian. Odian que seamos “infieles” y odian todos los logros sociales que hemos conseguido en los últimos siglos: la democracia liberal, la libertad de expresión, la separación iglesia-Estado, la igualdad entre el hombre y la mujer, la tecnología y el bienestar material. Unos logros a los que no queremos ni podemos renunciar y por los que no vamos a ceder ante ningún chantaje, por más sanguinario que sea. Los líderes civilizados del mundo deben entender eso y deben dejar de pelearse entre ellos y unirse ante la amenaza común.

Y finalmente, me entristece que el día 11 de marzo, los fundamentalistas consiguieron cambiar el resultado de unas elecciones democráticas. No. No lamento la derrota del PP. De hecho, me alegré de que el aznarismo acabara siendo tragado por sus propias arenas movedizas de arrogancia e incompetencia, víctima del odio que había sembrado durante su mandato. Pero sí temo que al ver su nueva “capacidad” de cambiar regímenes democráticos, los terroristas piensen que pueden influir en otros países en el futuro e intenten provocar terribles cadenas de atentados cada vez que haya una elección en alguna parte del planeta. Llámenme catastrofista. Pero yo, por si acaso, la semana del 2 de noviembre (día de las elecciones presidenciales en Estados Unidos), no estaré en Nueva York.
XAVIER SALA I MARTÍN, Fundació Catalunya Oberta, Columbia University y UPF
www.columbia.edu/%7exs23

El impacto político de los atentados

LA VANGUARDIA
BARRY RUBIN - 17/03/2004

Además de constituir el equivalente en España al 11-S, los atentados con bombas en trenes perpetrados el 11 de marzo en Madrid, en los que han muerto 201 personas, pueden suponer un punto de inflexión en el rumbo del terrorismo contemporáneo. Las cuestiones claves son las siguientes:¿Se trata de un nuevo tipo de intento muy focalizado de cambiar las políticas de los estados occidentales?

¿Existe una relación entre la voluntad del mundo de conceder la victoria a los terroristas libaneses y palestinos y el atractivo de las tácticas terroristas para otros?

¿Contrarrestarán estos elementos la “guerra contra el terror” demostrando el éxito del terrorismo como instrumento político?

La mejor prueba a este respecto puede hallarse en el análisis realizado por Reuven Paz, director del Proyecto para la Investigación de Movimientos Islamistas (Prism) del centro Gloria. Se trata de un trabajo titulado “Qaidat Al Jihad, Iraq, and Madrid: the first tile in the domino effect?” (Qaidat Al Jihad, Iraq y Madrid: ¿la primera pieza del efecto dominó?) y en él Paz se pregunta por qué los radicales islamistas realizarían en España un ataque de tal magnitud en el que tendrían que emplear tantos recursos. Sin duda, no se trata únicamente de la reconquista de unos territorios que estuvieron en manos musulmanas antes del año1492.

La razón parece ser, más bien, el importante papel de España proporcionando apoyo político y militar a las fuerzas de la coalición en Iraq. La “yihad” en Iraq es hoy en día la principal prioridad de los grupos terroristas islamistas. Ya han muerto ocho soldados españoles en ataques terroristas. El pasado mes de diciembre, uno de los grupos pantalla de Al Qaeda publicó un análisis sobre España que incluía un detallado y complejo estudio de la política española y de las elecciones del 14 de marzo, celebradas tan sólo tres días tras los atentados de Madrid.

El objetivo fijado por Al Qaeda, según Paz, consiste en forzar la retirada de España de la coalición en Iraq haciendo que la opinión pública tema, en caso contrario, un alto coste en vidas. Esta estrategia desencadenaría supuestamente un efecto dominó que llevaría a la caída del apoyo a la política estadounidense en Europa y al principio del fin de toda presencia occidental en Iraq.

Según Paz, el documento afirma: “Creemos que el Gobierno español no soportaría más de dos o tres ataques, como máximo, tras los que tendría que retirarse como consecuencia de las presiones populares. Si sus tropas permanecieran en Iraq a pesar de los ataques”, el Partido Socialista ganaría las elecciones y ordenaría el regreso de los soldados. La referencia explícita aquí es a ataques dentro del propio Iraq; sin embargo, dado que eso no funcionó –y ante la inminencia de las elecciones–, resultaría verosímil que se intensificara la escalada.

Podría ser, por lo tanto, que los ataques fueran un intento directo de influir sobre los resultados de las elecciones y favorecer así la victoria de un partido que redujera la cooperación de España con Estados Unidos y apoyara la transición a la democracia en Iraq.

En ciertos aspectos éste es el enfoque terrorista clásico. La ciudadanía se convierte en el blanco de los ataques para infundir así el miedo en la opinión pública, de manera que ésta acaba cediendo ante las exigencias de los terroristas. Y de este modo han empleado también la violencia tanto las fuerzas de Arafat como Hamas en un intento de influir en la política israelí y apartar a otros países de Israel. A pesar de que muchas personas creyeron que los ataques del 11-S estaban relacionados con este problema, se trató en realidad de una aplicación de la misma táctica para socavar las relaciones entre Estados Unidos y Arabia Saudí.

Existen importantes ramificaciones de este análisis:

El objetivo de los terroristas es conseguir que las víctimas responsabilicen a sus gobiernos, Israel o Estados Unidos, y no a los propios terroristas. Esta estratagema funciona a menudo con algunos sectores de los medios de comunicación, los intelectuales y la opinión pública, pero rara vez desemboca en cambios políticos.

Otros países europeos se enfrentan a los nuevos riesgos del terrorismo muy localizado. Gran Bretaña e Italia son blancos evidentes por la cuestión de Iraq. Asimismo, Francia podría sufrir un ataque a consecuencia del endurecimiento de su postura frente al extremismo islámico y la prohibición del velo en las escuelas.

Dada la proximidad de las elecciones estadounidenses, podrían emplearse actos terroristas específicos para derrotar al presidente George W. Bush. (El asunto resulta complejo, puesto que los oponentes de Bush podrían reaccionar ante cualquier insinuación de esa índole alegando que esta idea constituye un intento partidista para asegurar la victoria del presidente.)

La reacción de los votantes españoles ante este ataque constituirá la primera prueba de lo que parece ser la nueva estrategia de Al Qaeda y sus grupos aliados.
BARRY RUBIN es director del Centro de Investigación Global sobre Asuntos Internacionales (Gloria) y editor de la revista “Middle East Review of International Affairs” (Meria)
Traducción: Falcó/Alonso

Flagrante distorsión de la realidad

SI SE USA UN UMBRAL constante, la pobreza en Catalunya ha pasado de un 14,3% a menos de un 5%; esto es un éxito espectacular

XAVIER SALA I MARTÍN - 01/03/2004

Decía Mark Twain que la mentira es capaz de dar la vuelta al mundo mientras la verdad todavía se está poniendo las zapatillas. Digo esto a la luz de una noticia aparecida la semana pasada: “Un estudio de la Fundació Un Sol Món de Caixa Catalunya demuestra que la pobreza en Catalunya ha subido del 14,3% al 18,6% entre 1996 y 2000”. No hace falta decir que, a raíz de ese estudio (dirigido por Magda Mercader, una excelente economista de la UAB), los medios de comunicación llenaron páginas y páginas, y algunos partidos políticos exigieron responsabilidades, cabezas y el consabido aumento del gasto social. Nadie. Absolutamente nadie se paró a analizar la veracidad de la noticia. Porque si lo hubieran hecho se habrían dado cuenta de que era mentira. Una gran mentira que dio la vuelta al país sin dar tiempo a que la verdad se calzara las zapatillas. Veamos.

La primera pregunta es: ¿qué es ser “pobre”? Cuando la gente piensa en “pobreza” imagina desnutrición, hambrunas, mortalidad infantil y penurias. Ésa es, efectivamente, la definición de pobreza que se utiliza en los países subdesarrollados. El umbral más utilizado ahí es el de “un dólar al día”, unos 282 euros anuales.

Pero no. Eso no es lo que hacen los trabajos de Un Sol Món. Si lo hicieran, el número de pobres en nuestro país sería cero. Ellos definen el “umbral de pobreza” como la “mitad de la renta mediana”. Para entender este concepto, imaginemos que ponemos a todos los ciudadanos del país en fila india por orden de renta, desde el más rico hasta el más pobre. Cojamos al que está exactamente en la mitad de la fila y preguntemos qué renta tiene. En el año 1996, esa persona ganaba 6.318 euros. Dividamos su renta por dos (nos quedan 3.159 euros) y ése es el umbral de la pobreza: todos los ciudadanos que ganaban menos de esa cantidad eran considerados pobres. Es una definición arbitraria..., pero también lo sería cualquier otra. Y como es la que usa la ONU para los países ricos, aceptémosla y prosigamos. La pregunta es: ¿era realmente pobre una persona que cobraba 3.159 euros anuales en 1996? Yo no lo sé. Es cierto que ésa es una renta vergonzosamente baja..., pero también es cierto que queda muy lejos de los 282 euros que normalmente asociamos con la pobreza extrema. Dicho de otro modo, no se puede decir que un 14,3% de los catalanes son “pobres” y luego hablar (como hacen muchos) de hambre o de no poder comer carne más de una vez por semana, porque ésos son dos conceptos de pobreza muy distintos. Y si se hacen esas comparaciones se debe explicar que, en Catalunya, los ciudadanos que pueden comprar carne menos de una vez a la semana son sólo un 1%... ¡y no un 14,3%!

El segundo gran problema es que los diferentes estudios de Un Sol Món utilizan definiciones de pobreza distintos. Me explico. Entre 1996 y 2000, la economía catalana creció. A raíz de eso, la renta mediana aumentó a 9.680 y la mitad de esa renta mediana pasó a ser 4.840 euros. Ése debería, pues, ser el nuevo listón. Según la Tabla 1.1 del estudio, si se utiliza ese umbral el número de pobres en Catalunya baja de 14,3 en 1996 a 11,3% en el 2000. Es decir, los datos del propio Un Sol Món demuestran que, cuando se utiliza la misma definición de sus trabajos anteriores se observa que ¡la tasa de pobreza se redujo en una quinta parte en sólo cuatro años!

Pero no. Los autores deciden no usar el umbral de 4.840, sino... de 5.805 euros ¿Por qué? Pues porque, misteriosamente, cambian la definición de pobreza para el 2000 y en lugar de en el 50% la sitúan en el ¡60% de la renta mediana! Y con ese nuevo listón la tasa de pobreza “sube” hasta el 18,6% de la población. ¡Ahora ya se puede decir eso de que “vamos fatal porque cada día hay más pobres”! El problema es que ese “aumento de pobreza” no se debe a que ha empeorado la situación, sino a que se ha subido arbitrariamente el listón. Cambiar la definición de pobreza a mitad del análisis es como mover las porterías cuando se está a punto de marcar un gol.

Lo realmente interesante sería saber la fracción de la población que vive por debajo del mismo umbral en 1996 y en el 2000. Dado que el listón de 1996 era de 3.159 euros, podemos preguntar cuánta gente vivía con menos de eso (ajustando por inflación) en el año 2000. Curiosamente, el estudio no lo reporta..., pero en la Tabla 2.2 se dice que un 4,5% de la población vive con menos de 3.872 euros, más o menos lo que buscamos. Es decir, según la propia Fundació Un sol Món, si se usa un umbral constante, la pobreza en Catalunya ha pasado de un 14,3% a menos de un 5%. Si ése no es un éxito espectacular, que baje Dios y lo vea.

Resumiendo: resulta que se publica un estudio que demuestra que la pobreza en Catalunya se ha dividido por tres y la noticia del día es que ésta ha subido vertiginosamente. ¡Todo un curioso ejercicio de prestidigitación informativa! ¿Quién es el responsable de tal tergiversación? Pues en parte los autores del trabajo por utilizar definiciones cambiantes y sembrar así la confusión. El resto de la responsabilidad es de los medios de comunicación (con su afán de publicar noticias catastróficas) y de los partidos políticos interesados en “demostrar” que todo iba mal cuando ellos no mandaban. El sectarismo político siempre ha estado reñido con la honestidad intelectual.

Unos y otros están haciendo irresponsables malabarismos retóricos sin analizar seria e imparcialmente lo que los datos dicen de verdad. Unos y otros son culpables de entablar un debate poco serio, basado en una flagrante distorsión de la realidad.

XAVIER SALA I MARTÍN, Fundació Catalunya Oberta, Harvard University y UPF